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Recuerdo leer hace años en algunos textos de un ramo acerca de educación en la universidad, sobre la importancia de una educación integral, en la que, por ejemplo, no solo se enseñen contenidos formales, sino que también se potencie la “inteligencia emocional”.

No podría sino estar de acuerdo. Nada más paradigmático que el caso frecuente de personas muy capaces en lo técnico, pero que parecieran carecer de nociones básicas de ética y respeto por los otros. Todo esto, desde luego, fomentado por nuestra cultura de la competencia descarnada entre conciudadanos.

Sin embargo, discrepo en las fórmulas que se plantean comúnmente para lograr esto. Creo que hasta que no nos exijamos tener un sistema pedagógico que deje de ser un currículum de capacitaciones desconectadas entre sí, es poco lo que podemos esperar de las futura generaciones.

Los recientes y escandalosos casos de total falta de ética en la forma de hacer negocios, y en el entrecruce entre éstos y la política, parecen gozar de suficiente sanción social como para que reconozcamos que hay un problema profundo en nuestra sociedad. Pero yo no creo –en absoluto- que esto se combata con “clases de ética”…, ni con un fortalecimiento de la doctrina cristiana. El asunto es que los valores simplemente no se pueden enseñar.

La ética, el respeto, el amor propio y por los demás, se aprende a través de la vivencia. Se aprende a través de padres que aman a sus hijos, y en la escuela, a través de profesores que pueden generar un vínculo emocional con sus alumnos. La importancia de un ambiente amable ha sido consistentemente confirmada por como un factor fundamental para el aprendizaje de cualquier materia, y esto es especialmente crucial con los niños, quienes están en pleno desarrollo de sus capacidades y con los ojos bien abiertos para aprender de en quienes confían. Sin confianza no hay aprendizaje.

Me he acercado a la pedagogía Waldorf el último tiempo, rescatando por sobre todas las cosas este elemento: el fortalecimiento consciente del vínculo entre la figura del adulto y los niños. El profesor debe querer a los niños para poder enseñarles. Y a través del cuidado de sus actividades y actitudes, él es capaz de servir de modelo para todo tipo de aprendizajes que realmente quedan.

En Punta Arenas muchos de generaciones anteriores a la mía me han podido hablar maravillas de la “Miss Sharp”. Lo interesante es que hasta ahora ninguno me ha explicado precisamente qué es lo que ha hecho a su metodología ser tan efectiva académicamente. Y es parte de la gracia: los relatos están repletos de referencias a algo tangible, pero menos concreto que la corta jornada –lo que les permitía a los niños seguir siendo niños-, mezclar edades –no actuando como una industria donde importa más la fecha de elaboración que la educación entregada: a una preocupación genuina y respeto por los niños. No importa mucho la infraestructura y las credenciales: sencillamente, no puede haber buena educación sin cariño y respeto.

Entiendo que lo que planteo suena extemporáneo, una pretensión que resulta primermundista al lado de la situación actual, una carga más a la que apenas puede sostener un educador en el sistema actual. Pero claro, es utópico porque es a donde me gustaría vernos algún día, hacia donde siento que hay que apuntar. Parafraseando al recientemente adelantado Galeano: las utopías sirven para caminar.

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Texto publicado originalmente el domingo 26 de abril de 2015 en El Magallanes/La Prensa Austral.

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