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Estas líneas costó llenarlas. El desgano hizo arrastrar cada tecla, y más de lo común los dedos se enredaron entre éstas, probablemente por una mezcla entre el frío que está haciendo en las mañanas de Punta Arenas, y mi sensación de completo desamparo con respecto a la política chilena.

Capaz exagero. El frío está instalado, eso sí que es efectivo; pero con toda honestidad, nunca di un peso (¡ni una boleta!) por este gobierno blando y cansado, ni por al menos tres cuartas partes del conjunto de honorables congresistas. Dicen que lo mejor para no decepcionarse es mantener las expectativas bajas, pero recuerdo cuando fuimos a ver nuestra primera película con la Solcito, “Ala Triste”, y yo venía imaginando que sería una película re mala, qué se yo porqué, capaz un mero prejuicio. Y la película fue tan pero tan re mala que ni siquiera hizo falta el amor para no verla completa. Miren qué lindo resultado, sí, surgió el amor de mi vida en el contexto de una película tan atroz y horrorosamente fome.

Capaz se nos viene la alegría ahora, surgiendo en algún recoveco entre tantos de nosotros una suerte de identidad, una fuerza, un amor social motivado por una película aún más penca que lo anticipado. Porque yo creo que hoy los chilenos coincidimos políticamente tanto más que hace un par de años…

Aunque ahí yace el problema también, y la preocupación que se esconde tras la risa. Tal como no creo que el “rating” televisivo sea un buen indicador del sentir de la población, más allá de indicarnos en qué canal se quedaron muchos pegados viendo tele, no creo que la desconfianza profunda frente a la política signifique nada bueno. Creo que es necesaria y evidente. Así son las cosas, y ya demasiadas pruebas aparecen cada día para fomentarla. Pero no implica una coincidencia respecto al cómo sí hacer las cosas. Un discernimiento de quiénes podrían encabezar verdaderos cambios, agudos y sobrios, transparentes y firmes, para renovar este mundo que es tan importante pero está tan pero tan manchado.

El riesgo actual de caer en un a-politismo es tremendo. Es el riesgo de que nos convirtamos por gusto en indolentes idiotas –en el sentido Platónico; el riesgo de que escuchemos a nuevos populismos, “independientes” totalmente entre comillas. Que caigamos en el discurso fácil de “son todos narcos” y pretendamos irnos para la casa. De que nos convirtamos en ávidos comentaristas de lo indigno, ya casi gozando de despotricar contra el descaro del mundo político, pero que a la hora de juntar voluntades no seamos capaces de votar bien ni impulsar buenas alternativas.

Ahora, quizá esta columna llega tarde y ya estamos ahí… después de todo, recuerdo a mitad de semana un cambio de gabinete confesado al mismísimo Don Francisco, por la tele… Qué bárbaro, che.

—–

Texto publicado originalmente el domingo 10 de mayo de 2015 en El Magallanes/La Prensa Austral.

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