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Desde que soy padre, me la he pasado reviviendo mi niñez. No me refiero con eso a llenar los espacios vacíos de las pretensiones personales utilizando para ello a mi hijo. Me refiero a que he jugado con tierra, piedras, me he cubierto de hojas secas, y logré atrapar una lagartija con la mano, no les jodo. La verdad es que nunca había atrapado una cuando chico, pero nunca es tarde, supongo.

Leí por ahí que a medida que crecen, los niños se van ralentizando progresivamente, en todo sentido. La rapidez de renovación de células, el crecimiento, la disponibilidad de energías y la capacidad de imaginar, van disminuyendo naturalmente, enfriándose el cuerpo hasta que uno se convierte en un adulto que antes de saltar de guata a un montón de hojas, lo duda un par de minutos.

El proceso de enfriamiento y ralentización es natural, así como es natural que una manzana madure y se desprenda del árbol. Por lo mismo, al igual que la manzana, es importante evitar los apuros, y permitir en cambio, que se vivan las etapas en libertad. Pero hoy estamos en plena actividad de lo contrario: a los niños los encerramos en escuelas apenas es factible, atiborrándolos de actividades, como si no hubiera un minuto de “estimulación” que perder.

El problema parece derivar de una mala lectura de lo que la estimulación implica, llevándonos a un esquema muy similar al de algunos que pretenden que simplemente multiplicando la inversión en perforación, se dará que tengamos más hidrocarburos para las necesidades de la Región.

Pero a diferencia del problema de la decreciente disponibilidad de recursos naturales –un problema muy concreto y real-, nuestro apuro con los niños parece basarse en una ilusión fabricada, en un miedo paranoide a…no sé bien a qué. ¿A que al niño le vaya mal en el colegio? ¿A que sea el último en aprender a leer?

La verdad es que esto forma parte, entre otras cosas, de un contexto social mayor, recordándonos que nunca se puede hablar de educación desligándola a ésta de las condiciones materiales de existencia de determinados seres humanos. Hoy, a través de una escolarización temprana intentamos mejorar paupérrimos rendimientos, que en realidad son efectos secundarios de una extremadamente desigual acumulación de capital cultural, y peor aun, de una imposibilidad de los padres para permanecer en casa con sus hijos pequeños. Una enorme parte de la población apenas trabajando horarios extendidos logran pasar un poco de hambre, y la gran mayoría, aun con niveles de carencia menores, necesitan gastarse la vida trabajando para darle a los hijos “lo que necesitan”; no hay tiempo que perder.

Pero las escuelas no cumplen hoy la promesa, porque los niños no estudian juntos, entonces la acumulación desigual de capital cultural se mantiene, y peor, lo hace la de capital social, sirviendo las escuelas como focos de concentración de actividades y conductas que muchas veces resultan negativas para los niños y jóvenes.

¿Qué clase de niñez estamos propiciando?

El problema es tremendamente grave, y por eso soy majadero en esta columna, tantas veces tocando distintas aristas de esta situación. Estamos descuidando a los niños de este país, acentuando la discriminación y la sensación de no pertenecer, quitándoles capacidad de juego, de innovación, de creatividad y de alegría. Reproduciendo aquello mismo que en el discurso pretendemos combatir.

Tristemente, mi pedestre hazaña con la lagartija perdida en la cocina tal vez parezca impresionante para muchos niños del futuro, que pasarán la mayor parte de las horas de sol en una oscura sala de clases.

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Texto publicado originalmente el domingo 17 de mayo de 2015 en El Magallanes/La Prensa Austral.

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