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Mire fijamente. Agudamente. Como mirando lejos, a un odioso vacío estúpidamente inerte. Desorbite sus ojos, que las pupilas se dilaten. Mientras ello ocurre, sírvase inclinar la cabeza hacia delante. Sus ojos se abren progresivamente mientras su cuello se vuelve horizontal. Debe verse bastante estirado en estos momentos, como queriendo alcanzar a su oponente con la punta de la nariz.

Y ya que hablamos de la nariz, para lograr el efecto deseado, dilate ampliamente sus fosas nasales. Pero sin inspirar. Se trata de una postura estrictamente expresiva, usted no debe ser receptor de nada.

Ahora, con un movimiento cansado pero rápido y preciso, que muestre deliberadamente vaguedad y desgano -pero no vaya a fallar en su ejecución-, lleve sus nudillos a la altura de su manzana de Adán, si es que la tiene. Si no la tiene, no importa, que su mano se apoye de pronto, floja, no empuñada, con la palma hacia abajo y los dedos hacia su cogote, más o menos en el inicio de su papada.

La mano siempre floja, no obstante, presiona fuertemente hacia arriba, a la vez que intenta deslizarse con dificultad hacia delante, como queriendo escapar forzosamente por el extremo del mentón. Mientras hace esto, la muñeca va conformándose en una posición más natural, girando para que los dedos pretendan asomarse por el lado opuesto de la cara. La fricción la sufren principalmente el dedo índice y el que le sigue. Si usted usa barba, tanto mejor. Esto redundará en una mayor fricción, y su consiguiente sonido. Será bellísimo.

No hemos hablado aún de la boca. Aquí hay una diversidad de escuelas de pensamiento, algunos optando por una histérica sonrisa con labios cerrados y mentón presionado hacia delante con la mano. Otros combinan una ligera bajada de cejas, con un sutil pero apretado puchero, como añadiéndole el ingrediente del enojo a la expresión. Hay atrevidos que intentan la boca abierta, tal vez con los labios como chupados hacia adentro. Esto combina bastante bien con los ojos desorbitados, hay que decirlo. Pero yo prefiero la sonrisa histérica, que me parece expresa mucho más precisamente la emoción a la que apuntamos.

En el momento culminante, cuando su mano escapa explosivamente del mentón, cual si fuera una pesada piedra empujada por un gran número de personas hasta el fin de un acantilado. En ese momento, en que la fricción de la barba es vencida por el esfuerzo de su muñeca y antebrazo, en un movimiento forzoso, ascendente, que hace que sus dedos y nudillos transiten por todo el contorno inferior de su anatomía facial. En ese momento, en que usted ha logrado una expresión que es tan extremadamente ridícula y artificial, que solo podría ser interpretada como una grave ofensa, o en el más suave de los casos, como una extraña forma de sarcasmo corporal, o como una broma, como –en definitiva- un signo; una forma que quiere decir algo y no se corresponde meramente con un movimiento reflejo o una gesticulación muy marcada durante el habla, aun para el más foráneo de los interlocutores. En ese momento, le digo por fin, usted ha podido personificar de la forma más decente que se me ocurre, pero sin perder la necesaria precisión, el activo desinterés por la transparencia, la honradez, el bien común, y reformas que logren cambiar en algo la realidad actual, de la antigua e instalada, corrupta y cara de palo, clase política.

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Texto publicado originalmente el domingo 31 de mayo de 2015 en El Magallanes/La Prensa Austral.

No sé si felicitarlo , honestamente.

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