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-Ya po, apúrate. ¿Hasta cuándo te voy a tener que esperar?

-Pero…

-Uff, ¿vas a seguir? Ya, tómate el té. Está frío ya. Si querías agua fría pedíamos un vaso de agua de la llave. Por la cresta…

-…

-¡No me contestes! Ya po, apúrate y déjate de lloriquear, te voy a pegar un puro cachuchazo acá delante de todos. Mira la mesa de al lado, así deberías portarte tú. Ya, no, no te espero más. Me voy y te quedas hasta que termines. Te espero allá. Apúrate, po.

Algo de gusto me da pensar en que este diá(mono)logo desarrollado en una cafetería, hoy en día no dejaría a muchos indiferentes, si se encontraran en la mesa de al lado. ¿Qué decir? ¿Qué hacer cuando estás siendo testigo de una evidente forma de violencia psicológica, con amenazas de violencia física? Las noticias lo muestran día a día: las estadísticas de violencia intrafamiliar y femicidios son horribles en nuestro país. Una persona que es capaz de hablarle así, en público, a su pareja, quizá qué es capaz de hacer en privado…

El problema es que este diálogo es real, y no se trataba de un hombre hablándole a una mujer. Se trataba de una madre hablándole a su hijo mayor, a la vista de quienes atendían la cafetería, de su marido, de su hija más pequeña, y de mi hijo y yo. Todo esto después de hacerle una “gracia” a mi hijo, y antes de salir del local diciéndome con toda tranquilidad “qué lindo tu bebé”. Todo esto antes de que ella y su marido se fueran del local y dejaran solo al niño –de unos 8 años- en la cafetería a que se termine el desayuno. Y me avergüenza decir que estas palabras me dejaron helado, descolocado, y no pude decirles nada en el momento a esos padres. Solo atiné a hablar un poco con el niño cuando estaba solo.

Día a día se repiten estas conversaciones, plagadas del más instalado autoritarismo abusivo. Plagadas de violencia real y proyectada. Discursos violentos que solo generan más violencia, porque el niño se siente mal por lo que hizo: son sus padres, y no unos simples extraños “pesados” los que lo tratan de esta forma; son sus figuras de ejemplo y parámetro de lo que está bien y lo que está mal.

Día a día se repiten, y la condena nunca llega. Capaz porque las estadísticas no serán igualmente escandalosas respecto al infanticidio, o capaz porque a la mayoría de los adultos de hoy los golpearon, los humillaron públicamente, y abusaron totalmente de su posición, sus propios padres. Capaz porque creemos todavía que a los niños no hay que permitirles “salirse con la suya”, y que un “buen” tirón de orejas, una “buena” palmada a tiempo, una buena amenaza de abandono o paliza, llegará a tiempo para corregir lo que no nos gusta…

Porque esta mujer abandonó el local en total tranquilidad. No como quien acaba de maltratar a su hijo delante de todos. Pero yo, cobarde ayer, hoy digo basta. Al menos que una persona lea esto y se dé cuenta dela violencia ejercida contra los niños día a día en la máxima impunidad: violencia física y castigos “correctivos”, drogas psiquiátricas para mantener sedados a escolares, humillaciones públicas. Simplemente basta.

——

Texto publicado originalmente el domingo 14 de junio de 2015 en El Magallanes/La Prensa Austral.

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