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Terminando una charla en la pega, digo “gracias por venir” y simpáticamente me corrigen; es que claro, los asistentes son de Punta Arenas y Puerto Williams: mañana toca en Porvenir.

Porvenir, cuántas veces la miré desde nuestra ventana, ahí tan cerca, al otro lado del estrecho. Cuántas veces imaginé cierta aquella expresión que versa sobre la ropa colgada llegando en vuelo hasta sus costas, en un buen día de temporal de viento en Punta Arenas. Cuántas veces, de niño, imaginé toda clase de imprecisiones respecto a la razón para llamar a aquella gran isla Tierra del Fuego. Y cuánto me reí con el consejo de mi tío-abuelo, que si se quiere vivir para siempre, más allá del paso del tiempo, no hay forma más efectiva que yendo a Porvenir.

Y así, a primera hora me encontraba encaramándome en el fondo de un elegante Cessna, buscando entre la oscuridad el cinturón de seguridad, y el ángulo óptimo para permitirle a mi cuerpo y a mi cabeza estar en ese habitáculo al mismo tiempo. Los motores se encienden y, carajo, es como encender un motor; nada de esos ruidos ambiguos y distantes de las modernas y magnificas turbinas de los grandes y magníficos aviones comerciales. Como si la pista fuera subiendo un cerro, nuestra nave simplemente aumentaba su ángulo de inclinación, y de pronto nos encontrábamos ya en el aire, viendo cómo la oscuridad de Punta Arenas se hacía pequeña, y la oscuridad del cielo se volvía más grande. Porvenir permanecía ahí, cerca, como una antorcha ardiendo intensa en medio de un insondable bosque.

Al cabo de un puñado de minutos estoy en Porvenir. Recorro sus calles y al poco rato llego a destino. Y la verdad, ya me siento más joven. Después del trabajo, decido salir a caminar libremente; y es que apenas han pasado un par de horas. Recorro la plaza y me dejo divagar absorto mirando las viejas casas, los árboles inclinados, los rayados con ansiosas declaraciones de amor en las paredes, y siento una extraña sensación de familiaridad. Me siento niño otra vez, respirando en cada detalle recuerdos aleatorios que no había tenido nunca, y que tal vez –a quien le importa- ni siquiera son reales: el ardor de la nariz de tanto respirar el frío viento, el olor a pucho del vehículo de mi tío, las veredas chuecas, disparejas, inclementes con los caminantes que no saben si esquivar el hielo o buscar la nieve.

Me abraza, en el fondo, una profunda y maravillosa soledad. En las calles no hay nadie; sin embargo, no siento que esté en un pueblo fantasma. Seguramente, supongo, están todos cobijados en torno a alguna fuente estable de calor. Pero solo me responde el silencio. El interminable paisaje fueguino, la bahía iluminada por el tímido sol que se cuela entre las nubes plateadas. La nieve posada sobre el pasto. Y en el silencio me quedo sentado en una banca rodeada de un suelo congelado, suelo por el que no ha caminado nadie desde que escarchó aquí.

Tras este resumido “city-tour”, y luego de recibir el alegre abrazo de unos amigos, me subo de nuevo al avión para volver a Punta Arenas. Resulta que recién es el mediodía…Pero en la soledad y el frío, me sentí renovado. Como después de un buen sueño que nos sostuvo en reflexiones durante horas, pero que tomó tan solo cinco minutos con los ojos cerrados. Tal vez sea cierto el mito de la vida eterna.

Gracias Porvenir.

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Texto publicado originalmente el domingo 5 de julio de 2015 en El Magallanes/La Prensa Austral.

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