Home

Perfil

Me desplazo rápido por las curvas, oscuras curvas que parecen cobrar vida cuando las ilumino con dos ojos fulgurantes que atraviesan la niebla. Es de noche, y el verde es negro, el azul es negro, y el café es negro también; los caminos serpenteantes se asemejan a los recovecos misteriosos de una profunda caverna. Son tan altas sus paredes y su techo inalcanzable, pero aquella oscuridad me da certeza de que estoy adentrándome en una.

Un gélido aire me impacta en el pecho, y vence los abrigos. Tengo una sensación térmica de estar muriendo de frío inclemente, pero llego al ápice de cada curva, y necesito acelerar más. Solo se escucha el silbido del viento metiéndose como intruso por alguna imperfección de mi casco. Y el furioso rugido del tres-en-línea pidiendo a gritos más aire, más gasolina, consumiendo con voracidad lo que entregan los cuerpos de acelerador a mi orden. El viento que me congela, acelerado al máximo, resuena como un demonio entre las oscuras paredes que esconde el depósito de combustible. Sinfonía.

Por fin, parece haber sido un túnel, porque he llegado a un fino camino de tierra delimitado por altos álamos. Es invierno, y estos blancos árboles crecen buscando el lejano sol, como manos esqueléticas escapando de la tierra. Blancos huesos finos que alguna vez estuvieron adornados de verde y plateado. Mirando hacia arriba veo que se abre la bóveda estelar; todos esos viejos astros conspirando con la luna para iluminar los ángulos de las piedras que intento esquivar.

Soy el apuro, soy el ruido, soy el frío, soy el hambre. Me escondo  de prisa y junto algunos palitos, unas astillas más contundentes de eucalipto, un fósforo mentiroso y algún trozo de papel. Dentro de una caja de metal miro absorto cómo todo esto se torna fuego. Con ansiedad veo a la madera liberar su energía, invitada por el papel que es el más dispuesto a convertirse en humo. Ya pronto tengo una pequeña fogata contenida, cierro la compuerta de vidrio y sigo vigilando, como si bajo mi mirada todo fuera a andar mejor.

Pequeño infierno, cuánta alegría me traes. Las llamas se agitan bailarinas y la habitación se va tornando confortable. Vuelvo a respirar, y me recuesto levemente frente a la pirotecnia. Estoy en casa. Abandonado a mis pensamientos, busco entre mis ideas, pero una frase resuena en mis adentros, y no me abandona lo que dura el eucalipto en consumirse a sí mismo:

Es que no creo el fallo de Contraloría, que lo parió.

Texto publicado originalmente el domingo 28 de junio de 2015 en El Magallanes/La Prensa Austral.

Anuncios

2 pensamientos en “Un pequeño infierno

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s