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Quizá ya es tarde, y ya fue lapidado en la plaza pública el secretario general de la UDI, Guillermo Ramírez. Pero quiero abrir un punto de análisis a lo que él llama el “contexto” a considerar del caso -real y horroroso- en el que un grupo de conscriptos quemaron vivas a dos personas durante la Dictadura Militar: Carmen Gloria Quintana y Rodrigo Rojas de Negri. El segundo falleciendo por las insoportables heridas, y la primera sobreviviendo con más de la mitad de su piel quemada…

Ramírez, intentando una postura frente a las violaciones de derechos humanos que goza del típico tono suavizado -en razón de su edad y su intento de salvar la cara de un partido tan intensamente cómplice con la dictadura- que no obstante carece de la posibilidad de juzgar con humana dureza lo ocurrido, dijo una frase en la que me quiero detener especialmente: “(en la época) se generó un ambiente en que estas cosas podían efectivamente pasar, es una locura”.

Una locura. Sin duda, ¿no? Más de alguna vez yo he opinado que es una verdadera locura defender estos hechos, desde el discurso de la “necesidad”. Es una locura decir “pero, el contexto…”. Es una locura porque ¿qué puede contextualizar quemar a dos personas vivas? ¿Echarles gasolina encima y prenderles fuego, y verlos retorcerse de desesperación en el suelo?

Ahora bien, la definición de lo que constituye “locura” es controversial de por sí. Si decimos que implica una pérdida de noción de realidad, también podríamos argumentar que negar la realidad masiva de violación de derechos humanos (paréntesis necesario para algunos: es violación de derechos humanos, porque fue un terrorismo de Estado sistemático, no una simple suma de crímenes aislados), o intentar relativizar su gravedad argumentando que ésta es más difícil de reconocer, en función de un aspecto cuantitativo, es una locura: “solo” un par de miles de desaparecidos, a diferencia de los millones de judíos asesinados por el régimen Nazi, compara Ramírez. Sí, me va pareciendo que Ramírez también está medio loco.

Pero no. Es muy fácil caer en el discurso de la locura. El gran problema que tenemos para “dar vuelta la página” es reconocer que nada de lo ocurrido –así como tampoco lo vivido en Alemania- es fruto de la locura. Que sus protagonistas hayan sido personas profundamente desequilibradas, qué les puedo decir. Pero acá hubo sistematización, hubo racionalidad, hubo y hay justificación, excusas, relativización moral. Aquí en Chile hay todavía mucha gente que es capaz de leer el relato de lo que ocurrió a Quintana y Rojas de Negri, y decir “sí, pero…”.

Y esa gente no está loca. Son personas tan bienintencionadas como cualquiera, que sumando y restando las variables morales de una situación, han podido concluir que la muerte y la tortura fueron un mal necesario. Que no todos los seres humanos valen lo mismo. Que necesitábamos –y volvemos a necesitar, por lo visto- “mano dura”, una autoridad fuerte, alguien que por una puta vez diga qué es precisamente lo que hay que hacer, y nos obligue a hacerlo. Porque somos un país que no se lleva bien con la democracia, con la horizontalidad, con el respeto, con la confrontación de ideas, con la discusión y el diálogo, elementos constitutivos de la capacidad de vivir en paz como sociedad; ante cualquier dificultad, vuelven las añoranzas de la mano dura, aun cuando ésta nos llevara a tan horrorosos extremos.

Los niños chilenos son criados en el autoritarismo, con la violencia física y emocional de sus padres, en escuelas donde aprenden a callarse o son drogados hasta el silencio. Donde cada ciudadano lleva sobre sus hombros el peso de tener que valerse por sí mismo en permanente competencia con sus vecinos. Y después nos sorprendemos de los niveles de agresividad en el tránsito vehicular, en medio de marchas y congregaciones con intenciones pacíficas, en partidos de fútbol…y de que haya una gran cantidad de personas que justifiquen y relativicen la gravedad, todavía hoy, en el año 2015, de la muerte y la tortura. Pero el problema es que eso no es locura, es nuestra lisa y llana normalidad.

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