Home

prensa

Para explicar esta burda sutileza, debo referirme a una antigua columna acerca de la “sustantivación del adjetivo” –que puede leer en uncalcetindelana.com-; pues bien, finalizada la tanda comercial, me explico: en la consolidación de un sesgo informativo, un paso que generalmente antecede a  la sustantivación del adjetivo, es la adjetivación de la perspectiva. Lo primera tiene que ver con que, lo que es una característica atribuida por un observador a determinado objeto de estudio, se convierte en su propia designación. Por ejemplo: una persona en situación de discapacidad, es nombrada como un “discapacitado”. Tal vez parezca una sutileza semántica, pero el sentido cambia: ya no hablamos de que esa persona se inscribe en un contexto que limita sus potencialidades, sino que decimos, en una palabra, que esa persona ES limitada.

Lo segundo, y de lo que trata este texto, es cuando en la designación del objeto de estudio, añadimos un adjetivo que corresponde en realidad a nuestra visión de él. Por ejemplo, cuando para hablar de la reforma educativa, decimos “la cuestionada reforma”. Reconocerá que esto es un recurso muy común –más o menos intencionadamente, no entraré en eso- en los medios de comunicación. Debemos volver un poco atrás: la reforma educativa ha despertado cuestionamientos, así como apoyo e indiferencia… sin embargo, ya al decir “cuestionada reforma” hemos otorgado importancia mayor a que ésta sufre de cuestionamientos. Pero más aun, sin entrar en el detalle o justificación de los cuestionamientos, le otorgamos como “apellido” a la reforma, el mero hecho de haber sido cuestionada por alguien. Si vamos a mayores profundidades, también podríamos encontrar palabras diferentes a “cuestionamientos”, que otorgarían desde luego un sentido diferente: ha despertado debate / ha sido el foco de intenso análisis / tiene detractores, y un infinito etcétera.

Yo hago uso de este recurso constantemente, así como todo el que haga uso del lenguaje. La diferencia es que usted sabe que no encontrará aquí objetividad, ni viene a informarse, tanto como a sencillamente leer mi opinión sobre lo humano y lo divino. Eso podría traerle problemas, le advierto; pero también podría simplemente descartar mi mirada como una entre miles, y burlarse de mi columna con sus colegas en la oficina. Sin embargo, el recurso debe ser usado a consciencia, para evitarnos caer en una simplificación violenta de la realidad, cuando no se corresponde con nuestras reflexiones más profundas.

Aquello ocurre, en mi opinión, cuando se habla de niños, de forma particularmente aguda. Porque son “desordenados”, “desobedientes” y hasta “problemáticos” –obviamente de acuerdo a la visión de pedagogos, pediatras y psicólogos cuya visión yo calificaría de violenta, sesgada y por lo general sencillamente pelotuda. Lo grave es que estamos desinformando, obviando por completo el contexto bajo el cual se desarrolla la conducta –es decir, la punta del iceberg, apenas el síntoma visible- del niño, violentando a ese pequeño que depende de nosotros, y al mismo tiempo animando y justificando a otros adultos poco reflexivos a hacer precisamente lo mismo. Veamos el panorama más amplio: un niño viene cargado de un amor incondicional casi devoto hacia sus padres, porque su supervivencia depende de sus cuidadores, pero cuando sus necesidades se contraponen a las del adulto de forma reiterada, su reacción (ojo con esta palabra) intensa a nuestra negativa es todo lo que vemos. Espero el lector entienda la tremenda violencia ejercida: tildamos de “desordenado” al niño que intenta por todos los medios a su haber –por ejemplo, el control sobre su cuerpo: la “pataleta”, ¡porque no tiene más recursos!- darnos a entender lo que necesita y no le damos; y al llamarlo desordenado, lo creemos aún más indigno de nuestra atención, por lo que profundizaremos su drama: intentará buscar recursos más extremos para comunicarnos su necesidad, o caerá en una profunda desconfianza y apatía.

Me es difícil encontrar un ejemplo más típico, común, recurrente y normalizado de la adjetivación de la perspectiva del observador. Y uno más urgente y destructivo. Los seres humanos habitamos en el lenguaje: nunca es simplemente una cuestión semántica.

—–

Texto publicado originalmente el domingo 2 de agosto de 2015 en El Magallanes/La Prensa Austral.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s