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Seguramente lo vio en las noticias, y lo seguirán comentando durante años en los matinales: llueve en Santiago. Lo cierto, es que no solo llueve en Santiago, pero ésa es la noticia.

En sectores próximos llueve con igual intensidad, y en “la isla” la lluvia hasta decidió adelantarse un poco, la cual combinada con un poco de viento –que para la prensa resulta terrorífico, pero que en Magallanes sería una calma brisa-, ocasiona la casi inexplicable caída de postes y árboles, y la consiguiente pérdida de luz eléctrica.

Encendimos por primera vez esas velas que tuvimos siempre de adorno. Se ven más bonitas prendidas, aunque no alumbran mucho. Luego de que para el Ignacio pasara el desconcierto de estar hace un minuto bailando su música favorita y de que repentinamente todo se haya ido completamente a negro –¡a negro de noche oscura de campo!, la verdad es que todo se convirtió en una simpática ocasión de estar cerquita, de reencontrarse con la casa con menos sentidos funcionando al 100%, de maldecir la decisión de haber ubicado muebles u objetos en la pasada…

Digamos, un apagón da estas oportunidades: como tenemos pocas velas, debemos estar cerca, y como no hay ruido, podemos hablar bajito y entre nosotros, sin tanta distracción.

Al rato llegó la hora de dormir. Fuimos a la pieza y me percaté de la única gotera en toda la casa. Es una casa nueva, nosotros estamos viviendo su primer invierno, entonces este tipo de cosas eran esperables en algún momento, cuando todo se va “acomodando”. La gotera es pequeña pero está muy convenientemente justo en el dormitorio principal. Más específicamente, justo en el lado de la cama donde duerme Sol. Jaja

Al Ignacio le causaba mucha gracia esto de irse a dormir junto a una olla que produce un tintineo sincopado. Más gracia que a mí, por cierto, hasta que se me ocurrió poner un paño dentro de la olla y empecé a encontrar hasta un poco relajante el tuk-tuk——tuk, y me quedé dormido. El Ignacio también se quedó dormido, y ambos soñamos con un gran diluvio, o con la brisa marina, o con el escupo de un guanaco, o con esa tortura china que alguien me contó cuando chico, de dejar caer una gota sobre la frente… bueno, tal vez era solo yo, porque de pronto me despertó el hecho de que el agua me estaba salpicando toda la cara. Buena forma de levantarse a revisar el resto de la casa…

La verdad es que es jueves, y no puedo decir si para cuando usted lea esto, se habrá caído el cielo falso por acumulación de agua, luego de esta lluvia incesante que pareciera anticiparse verdaderamente apocalíptica, si la tele es de fiar. Lo que sí puedo decirle es que experiencias como éstas nos muestran el triste privilegio. Porque no son más que anécdotas. Una historia simpática que recordará –o no- el Ignacio. Oportunidades para ver las cosas de otra manera. Para recordar comprar pilas para la linterna. Para darse cuenta de que si no hay luz, no puedes cargar tu celular y meterte a internet, boludo. En fin, algo distinto, hasta entretenido. Sé que vamos a arreglar la gotera, y echaremos a la olla de la cama, no es de vida o muerte esto.

Pero miles de familias en este país no pueden decir lo mismo. La lluvia, el frío, el viento –incluso las brisas santiaguinas- resultan para muchos verdaderamente apocalípticas. Se desbordan los canales, se revientan las matrices, y se caen los techos, y las goteras superan la cantidad de ollas disponibles, y el piso de tierra se torna de barro por la entrada estrepitosa del agua. Es invierno y está helado, los niños y los viejos se enferman, y donde no hay lucas para llegar a fin de mes en condiciones “ideales”, menos hay para arreglos, viajes al consultorio, ni quedarse con los niños sin colegio. Pienso en aquellos campamentos, extremadamente precarios, que desarman por estar ubicados al costado de un paso de agua que seguramente se estará desbordando; les salvaron la vida, probablemente… ¿pero y luego qué? ¿En dónde se instalarán?

Pienso en las pretensiones de desarrollo de este país, en nuestra patética pertenencia a la OCDE y en esa tendencia feroz a hacer vista gorda a las necesidades básicas, para apuntar a las más específicas. Pero somos un país que no tiene ni comida ni techo. Solo basta que por fin caiga algo de agua, tan esperada en el campo, para recordarnos esta precariedad. Lo bueno y lo malo, es que la lluvia ya va a parar, y podremos olvidar una vez más.

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Texto publicado originalmente el domingo 9 de agosto de 2015 en El Magallanes/La Prensa Austral.

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