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Me paso horas interminables mirando la hilera de álamos plateados que cierran el terreno. Anoche había una neblina digna de las calles de Jack el Destripador, y solo veía frente a mí la hilera de álamos. Esta fila de esqueléticos árboles me parece como un espejo. Como mirarse de cerca al espejo durante tanto tiempo que nuestras facciones comienzan a tornarse familiares, y luego extrañas, hasta que desaparecen por completo.

Mirar los álamos me hace pensar en cualquier cosa. Acaso sirven como mero fondo para escenificar todo lo que se me ocurra. Pienso en el tiempo y en su paso, en sus curvas y sus paradojas. En los tiempos relevantes y en los faltos de toda importancia. En perder el tiempo, y en recuperarlo. Pienso en lo vivido y que ha sido valorado a concho, pero que no por ello es menos susceptible de perderse… ¿quizá siempre malentendí esa moraleja? Pienso en lo comido y lo bailado. En qué significa que no me lo hayan quitado.

Pienso en la estrechez de tiempo. Pienso en pasar meses caminando a paso constante por la interminable nieve, hasta alcanzar el polo sur. Pienso en las grietas que se van formando en nuestros rostros, y en los años que se juntan en nuestras memorias, pero también pienso en la frescura de los dolores y angustias de la niñez, que parecen negar todo paso del tiempo.

Pienso en la vejez como descalificante. Pienso en la vejez como excusa. Pienso en la juventud como descalificante. Pienso en la juventud como excusa. Pienso en el tiempo, como herramienta, como posibilidad, y como prisión. Pero si no es más que tiempo…

Pienso en cómo habrán crecido estos álamos, cuáles ramas habrán aparecido primero. Pienso en cuántas veces habrán perdido y ganado todas sus hojas, viviendo y muriendo cada año que pasa, sin mayor importancia. En los alerces también pienso, aunque menos.

En que lo nuevo siempre es mejor. En que las cosas ya no son como antes. En las decisiones tomadas, y en las oportunidades que se fueron. Y que, tal vez, no eran verdaderas oportunidades. Pienso en el arrepentimiento y en el perdón. Pienso en la metáfora del corazón para situar el amor, y pienso en cómo duele a veces, precisamente ahí, a un costado del pecho, tan intensamente.

En que la música ocupa siempre un tiempo y un espacio, aun cuando hoy podamos pretender almacenarla como si fuera solo una idea fugaz. En que siempre me falta el tiempo para crear la música que –supongo- hay en mi cabeza. Pienso en los libros que jamás leeré. Algunos me interesan, otros los aborrezco. Capaz esconden ventanas a nuevos horizontes; capaz son tediosas pérdidas de tiempo.

Pienso en la hora y media más interminable del planeta, cuando yo salía a las 3:45 del colegio, y debía esperar a mi hermana que salía a las 5:15, para irnos juntos. Pienso en todo el tiempo perdido en el colegio; tiempo que podría haber empleado jugando hasta el atardecer con mis amigos. En que podría haber dormido hasta más tarde, y eso sería bueno para mi cerebro lleno de ideas. Pero pienso en las ideas que trató de matar el colegio, y en las que dentro suyo labré.

En que esta columna ya se acaba, y en cómo el tiempo que he dedicado al tiempo, no puede sino traducirse en espacio, en líneas cubiertas de blanco y negro, para que pueda usted leerlo y perder su propio tiempo.

—-

Texto publicado originalmente el domingo 16 de agosto de 2015 en El Magallanes/La Prensa Austral.

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2 pensamientos en “Tiempo

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