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Hoy los álamos se ven tanto más alegres. Los pajaritos cantan, gritan, conversan. Tantos tipos de pájaros distintos, casi ni los alcanzo a ver, volando de rama en rama. Pero los álamos aún no tienen hojas.

Es que se supone que es invierno todavía, pero a pesar de eso, se nos ha premiado a los que pasamos agosto una vez más, con unos días de intenso verano. Esos días que nos hacen olvidar que estamos en invierno -si no fuera por estos árboles pelados que dedico tanto tiempo a mirar.

Y se nota que el clima ha cambiado, porque en las plantas hay asomo de hojas; algunas empiezan ya a tener flores que yo, que no sé mucho de esto, no tengo idea cuánto irán a durar. Pero me da gusto notarlo, me da gusto disfrutarlo mientras dure.

No sé cuánto va a durar este verano. Este pequeño verano que se asoma tan tramposo, porque dicen que ya se va la próxima semana. Si me preguntan hoy, me parece que fuera verano desde siempre.

Pero el álamo es realista, y sigue sin mostrar hojas. El acacio, en cambio, eterno esperanzado, no terminó jamás de perderlas todas, en un ejercicio de querer creer que el invierno sería breve, nada más que unos fríos pasajeros.

Imagino esto porque es verano de repente. Y luego le tocará llegar al “verdadero” verano, que también tendrá sus oscilaciones.

Los magallánicos sabemos bien de oscilaciones climáticas. Pero por sobre todo, bien sabemos disfrutar esos pequeños veranos que se cuelan entremedio del frío, aun en pleno invierno.

Yo quiero a los álamos, pero hoy seremos optimistas. Seremos acacios.

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