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Yo amo los libros. Me encantan esos mundos traducidos a blanco y negro, escondidos tras dos tapas. Cocidos o pegados, largos o breves, geniales o absurdos; amo los libros. Por eso los leo. Por eso los dejo por todas partes tirados. Por eso los leo intensamente, y luego los olvido. Y el Ignacio, con total fascinación, los hace volar desde el estante donde los apilamos, y caen al piso, uno sobre otro, haciendo un ruido que ya me resulta tan familiar y simpático. Porque amo los libros, no me importa que a varios se les haya roto ya esa bobada de cobertura de papel cubre-tapas. Que algunos tengan sus páginas dobladas por el impacto. Y que varios estén rayados, con obsoletas anotaciones que alguna vez les hice mientras los leía en la interminable micro entre la universidad y la casa de mis viejos.

Por eso me importa un rábano que los prestados no vuelvan jamás. Si ya los leí, ¿para qué los quiero? Además, yo mismo tengo varios que no compré ni me regalaron, y algunos de ellos no recuerdo de quién son… otros sí, pero vivirán ahora el goce de volar un poco y caer estrepitosamente al suelo.

Y los recojo, una y otra vez, porque los amo. Y mientras lo hago, le voy contando al Ignacio quiénes son, y quién los escribió. Cuáles me gustaron, y cuáles jamás leí ni leeré. Y cuidadosamente los volvemos a apilar juntos, y veo cómo él disfruta tanto apilando estos cúmulos de hojas, y mirando los que tienen ilustraciones. Creo que él ya los va conociendo: el de tapa amarilla; Isabel Allende que siempre cae de los primeros, porque es un poco pesado. El de Hemingway que tuve que poner más abajo, porque ya se ve más herido por las caídas al vacío. El del jazz en acción de Becker, que me decepcionó rotundamente, pero pucha que vuela lindo.

Siempre guardo más abajo con cierta vergüenza, donde no se vean, unos libros sobre la potencial debacle de las prácticas religiosas en la sociedad moderna. A mí qué mierda me importa la debacle de las prácticas religiosas en la sociedad moderna, vistas desde el acérrimo conservadurismo. Si ese libro se va a seguir cayendo, yo lo voy a seguir escondiendo. No sé de dónde salieron esos libritos, pero no pienso leerlos. Nunca me explico cómo el Ignacio los sigue encontrando…

Leeré, en cambio, libros nuevos que me vayan llegando. Paso el dato: siempre aprecio un libro de regalo, aun cuando se trate de la potencial debacle de las prácticas religiosas en la sociedad moderna. Nunca he dejado un libro regalado sin leer, eso es seguro.

Recuerdo un día que fue –no sé si uno de esos días inventados que se anuncian por redes sociales, o la idea de algunos amigos, no sé, pero fue- el día de regalar un libro a un desconocido. Simplemente dejarlo en un paradero, en una banca, en algún lugar inesperado pero protegido de la lluvia, algún libro para que otro encuentre y recoja. Debo haber sido el único pelotudo, porque jamás encontré ningún ejemplar, y dejé en cambio mi libro más preciado en ese momento. Uno de Roland Barthes que ni me acuerdo cómo se llama ni cuál era su tema precisamente, pero cómo lo disfrute a ese libraco. Era genial. Estoy seguro que ése fue a caer en manos de alguien que lo apreció intensamente y luego, antes de terminarlo, se le quedó olvidado en el asiento de la micro al bajarse.

Yo amo los libros, y por eso los dejo a su suerte. Que vuelen con alas propias, o caigan de un estante impulsados por un niño. Eso de acumularlos y ordenarlos, pasarles un pañito para que estén limpios siempre, en un ambiente con temperatura y humedad controladas…  yo lo respeto, pero para mí los libros duran lo que duran: se viven a concho, se ríen y se lloran, y luego que otro tenga el ánimo de tomarlos.

Les confesaré una  pretensión: espero tener algún día un libro con mi firma, acomodado en el alto estante de algún hogar. Eso sí que sería lindo. Y que cada tanto, un niño lo tome y lo lance con todas sus fuerzas, para que por fin mis ideas tengan vuelo propio.

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Publicada originalmente el domingo 6 de septiembre de 2015 en El Magallanes/La Prensa Austral.

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