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Como cada mes por medio –a lo menos-, hay nuevamente una fuerte polémica en la Iglesia católica. Creo conveniente partir diciendo que en mi moderadamente breve vida he conocido un par de curas que se han ganado mi respeto y mi admiración; haber elegido un camino con el que no estoy de acuerdo para nada, pero hacerlo desde una intención genuina, desde luego es meritorio en mi opinión.

Pero lo que más me asombra, en cada caso de corrupción, desprestigio y pedofilia en la Iglesia, es que aun desde el mundo laico, continúa la sorpresa. Como si dentro de esta institución esas cosas no debieran ocurrir. Bah, digamos, no debieran ocurrir en ninguna parte, si somos optimistas, pero ¿por qué estaría esta organización exenta de los dramas e inmundicias del mundo social?

Pues, no lo está. Ni lo ha estado nunca.

El mundo espiritual tiene lugar en un ámbito dimensional diferente al nuestro. Esta es una idea en la que todos podemos estar de acuerdo, de suponerse su existencia, claro. Insensato es querer creer recién después de ver, siendo que el ver obedece a la dimensión material, y estamos hablando de algo que está “más allá”. Pues bien, también insensato sería arrogarse a uno mismo, o a otros, la facultad de actuar como intermediario exclusivo del espíritu, en simple virtud de una elección “profesional”, ¿no?

Pero es lo que ocurre con la Iglesia: mediante una institucionalidad instalada en el mundo material, hay un gran grupo de personas –organizadas en torno a una jerarquía material– que pretenden para sí, no meramente la facultad de interpretación de lo espiritual, sino que su representación en esta tierra. Vamos viendo: el actual Papa solía ser un señor dedicado al ejercicio de la doctrina, hasta que por medio de un trámite organizacional de alta publicidad, de pronto se convierte en el representante de Dios en la tierra. Digamos, esto es cuestión de fe, a estas alturas, y no es mi asunto. Todo se complica más, cuando Francisco es a su vez una figura de autoridad estatal, así como diplomática…

Y se va configurando el escenario: la Iglesia tiene acceso directo y exclusivo a Dios, por lo que su administración material seguiría el impulso prístino de la espiritualidad misma. Y acá viene la parte complicada: que de ello se desprende que sus obras –gruesas y específicas-, si bien observables en el mundo material (bastante observables resultan las pomposas catedrales…), transitan en éste tan solo para prestarnos testimonio del Señor, pero no se ven mancilladas por la mundanidad en la que estamos inmersos quienes hacemos el amor .

Bueno, pero sencillamente es que no. Permítaseme ejercitar mi profundo sentido religioso, y mi devoción respecto a la divinidad, precisamente a través de mi rechazo a la Iglesia. Podrán practicar los discursos sagrados, privarse de la vida social –y no por ello privarse de dictar a otros cómo vivirla-, y vestirse extraño, pero ustedes -curas, obispos, arzobispos, cardenales y ya no me sé más nombres- son hombres. Hombres de carne y hueso, con padres humanos, pecados cometidos y si han caminado mucho, un potencial olor a pata.
Así como lo he hecho con los curas que respeto: los invito a esparcir las enseñanzas del espíritu, y la belleza de Dios, desde la vereda de la comunidad. Desde la humildad de no protegerse bajo un derecho exclusivo. Paguen impuestos. Gánense el prestigio a través de su obra, y no “haciendo carrera” para escalar en esta gran empresa con techos puntiagudos. Y dejen de creer en su superioridad moral, que ya a muchos –como a mí-, no nos convencen: no solo vive el hombre de sotana las experiencias vitales de cualquier hombre, con toda la violencia que se reproduce en este mundo, sino que en su represión y negación, parece intensificarlas a un grado que rara vez se encuentra entre quienes no se hacen llamar “padres” sin tener hijos.

Y luego, los casos más abominables son encubiertos y protegidos por la Iglesia, y contra toda evidencia, por una comunidad que solo quiere seguir creyendo que ustedes son todos santos.

Ya basta.

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Texto publicado originalmente el domingo 20 de septiembre de 2015 en El Magallanes/La Prensa Austral.

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