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Me gusta el clima. Me gusta que rellene conversaciones entre desconocidos, y diluya los densos e incómodos silencios que son incómodos. Digamos, ojalá pudiéramos conectarnos más al hablar con otros. Pero afortunadamente, nuestro suplemento –y ya un complemento- es una buena conversación breve acerca de qué tiempo ha hecho.

Y no me refiero a las catástrofes naturales. Más específicamente, a aquellas donde la primera sea efectivamente consecuencia directa de su de los vaivenes de lo que le da el apellido. Me refiero sencillamente a si llueve, estará soleado, o: Uy, que hizo calor hoy.

Sí, oiga. De no creerse.

Pero me gusta. Porque acaso como una casual triquiñuela, la cultura nos entrega una pista de qué es lo que nos hace descansar del agobio. Diluido y empequeñecido por las charlas técnicas, de cifras y frentes, el niño y la vaguada costera, en el fondo, hay ahí una gana escondida de mirar más al cielo. De mirar más a la tierra.

Y hoy es una noche especialmente cálida, ¿o no?

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