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aparentemente

La semana pasada hubo un texto del actor Roberto Nicolini que vi moverse bastante en redes sociales. Era una anécdota acerca de las apariencias; un amigo aconsejándole invertir en su imagen -cambiando su vieja camioneta- para mejorar la impresión que deja en sus clientes. Finalizando con la reflexión de cuán triste es vivir prendado del juego de apariencias.

Me resultó muy refrescante ver que tanta gente compartía esta opinión. Especialmente, gente que vive en Santiago, donde el asunto de las apariencias -como he mencionado varias veces antes- es tan latosamente intenso.

Muchos pudieron a través del testimonio de Nicolini gritar por una vez: “¡Estoy cansado de trabajar para aparentar!”.

Y es que cansa.

Honestamente, desde que nos fuimos al campo, una de las cosas que más disfruto es la poca importancia que tienen las apariencias, y la consiguiente libertad y espacio para vestirme con total énfasis en la comodidad y funcionalidad. Bueno, quienes me conocen saben que al parecer tampoco me urgía tanto eso antes; no soy el más formal de los pelados. Pero en la naturaleza humana rural, bienvenidos son mis pantalones viejos, mis manos con manchas de aceite motor y mis chalupas con chiporro.

No hay como esas pantuflas, les digo.

Pero el asunto va más allá, porque cuando dan ganas de libertad, corresponde brindársela al otro también. Nos molesta tener que aparentar, pero fácilmente criticamos a otros por su aspecto, por el nombre que le ponen a sus hijos, y por cosas que nos resultan tan cruciales, como la ortografía. Sí, ¡la ortografía!

¿Por qué hay temas sobre los cuales sí nos sentimos aptos y dispuestos a discriminar?

¿Y qué tal el cuerpo, nuestro cuerpo y el de los demás? Ya nos salimos fácilmente de la carrera por tener siempre el auto del año y la ropa de marca, pero nos desvivimos en la culpa por no parecernos a la gente de la tele, y en culpar a los otros por lo mismo. Tu cuerpo es real, también, y tan indicador de tanto y de nada como tu ortografía.

¿Dónde está el límite entonces? No hay límite, realmente. Porque el problema no está en el vehículo que se usa, en el tiempo que se pasa en el gimnasio, ni en qué tan perfectamente se escriba. Usar y ejercitar el cuerpo puede ser entretenido, un auto nuevo puede andar mejor y ser más agradable, y tal vez estamos inmersos en un escenario profesional donde es necesario escribir “bien”. El punto está en dejar de utilizar cualquiera de estas variables -u otras miles- para juzgarnos a nosotros mismos y a los otros, sin darnos una oportunidad. Ya suficientemente complicado es estar parado en este mundo, y encontrar el camino propio, sin sumarle la gran carga que es aparentar y juzgar.

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Texto publicado originalmente el domingo 4 de octubre de 2015 en El Magallanes/La Prensa Austral.

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