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Cuando llueve intensamente, lloro. Bueno, no lloro yo, pero el cielo lo hace por mí. Las gotas pesadas impactan el pasto, rebotan en las baldosas, y se deslizan por las ramas y las primeras hojas verde claro que aparecen por fin en los árboles de esta esperada primavera. Llora el cielo. Llora para mis ojos secos, duros, que se ocultan tras estos sucios anteojos, y a los que tanto les cuesta soltar agua. Lloran todavía por aquel niño recostado en la orilla del mar europeo. Lloran todavía, lloran todo lo que yo me he guardado; lo que he evitado describir, para no largarme a llorar.

Lloran por él, y por tantos otros niños que me provocan correr a abrazar apretado a mi hijo, chiquito y bueno, como todos esos niños. Tantos niños, aquí cerca y allá lejos, que lanzados al mundo han caído en tierra infértil, en espacios vacíos y oscuros, sin abrazos, sin caricias, sin protección. En aquellos niños que han vencido por un minuto la confusión, para denunciar un abuso sufrido. Pero que son silenciados por la impotencia inconsciente de sus cuidadores, que prefieren no creer que sus hijos viven la misma mierda que han vivido ellos.

Porque hay tanto para olvidar, que los psicólogos pueden inventar conceptos como “amnesia selectiva”, para que podamos darnos la palmadita en la espalda que la vida no nos dio, y ver que está todo más o menos bien, después de todo. Que hay cosas que se deben olvidar y eso es sano. Necesario, supongo, pero sano las pelotas, en mi humilde opinión.

Entonces cuando llueve fuerte, cuando el agua ya no se aguanta, lloro. Porque casi nada está bien después de todo, y permítame al menos la lluvia detenerme a llorar sin consuelo. Llorar hasta el hartazgo, como merecen los hechos, crueles y continuos, y tan inabarcables que ya los ojos están secos, para no nublarse por completo de tanto llorar.

Y abrazo a mi niño, chiquito y bueno. ¿Por qué tenemos nosotros esta suerte? ¿Por qué nos han entregado este privilegio de la vida, de poder apretarlo contra mí y decirle sentidamente que es tan lindo y que me hace tan feliz, mientras se cuelga como monito a mi dorso con sus piernas y brazos? ¿Por qué hay tantos niños que no han podido colgarse, y tantos padres y madres que no saben cómo convertir sus cuerpos en un árbol listo para escalar?

Y comienza a salir el sol entre las nubes. Comienzo a recordar que es primavera, y que lo gris se torna verde, y los colores se vuelven intensos, y el agua del llanto nutre todo a mi alrededor. Que a este árbol le aparecen brotes verde intenso, hojas nuevas, y todo se viste de una renovada alegría que es compleja, precoz, confusa e intensa.

¿Cuál es nuestro mérito, para encontrarnos entre tanta alegría, para que nuestros dolores y penas puedan desvanecerse? A contar las bendiciones, y practicar la amnesia selectiva, supongo. Es necesario, aunque el llanto desconsolado solo se nos esconda, honesta pero esquivamente, profundo en el pecho, hasta que con fuerza el cielo vuelva a llorar.

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Texto publicado originalmente el domingo 11 de octubre de 2015 en El Magallanes/La Prensa Austral.

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