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Intento en vano traducir la palabra “hacienda” al inglés. Los conceptos que aparecen son equívocos, no logran transmitir la magnitud, el horizonte lejano, los cercos invisibilizados por la distancia. No transmiten la mirada cristalina ni el crudo viento. Y es que claro, en la dialéctica de nombrar las cosas, muy plástica será la realidad bajo nuestros conceptos y conveniencias lingüísticas, pero difícilmente podremos poner apodos a aquello que escapa totalmente a nuestra experiencia.

Magallanes se me aparece interminable. Amplio. Difícil. El territorio nacional con menor densidad poblacional, y pucha que la estadística se siente. Las distancias entre sitios cercanos, pertenecientes a la misma provincia, se miden en cientos de kilómetros. Los trayectos contemplan varias horas, y muchas veces, diversidad de medios.

Somos todavía pocos, y las actividades de la zona han llevado al magallánico a instalarse en vasta dispersión. Quienes viven en las lejanías del centro regional pueden dar dolorosa fe de lo que esto conlleva, experimentando una lógica centralista que suele emular a nuestro modelo país. Es difícil, y más encima caro habitar los sitios donde la “soberanía” tendría que ser una palabra tanto más sentida. Una suerte de desincentivo perverso a extender los capitales culturales, que tiene sabor a olvido.

Y es que en Magallanes sumamos pocos. Si nos limitamos a un concepto de democracia orientado a la “tiranía de la masa”, claro que sumamos pocos. Este vasto territorio tiene completo menos votos que algunas simples comunas de Santiago. Y quienes viven en los poblados más lejanos son contables con los dedos de algunos puñado de manos. ¿A quién le van a importar?

Yo descreo de ese concepto de democracia. Para mí la cosa va por otro lado: democracia es que todos tengamos cabida, que distintas visiones del mundo puedan dialogar. Que la priorización no la dicte el gran número, ni el mero rendimiento económico. Al Estado le sale muy caro estar con lo básico ahí en lo más recóndito. Pero democracia es que esté, porque las vidas humanas no se pueden valorizar sin más, y menos con la gran estadística.

Cristian Villablanca y compañía, pretenden zarpar desde Punta Arenas en una nave de autoconstrucción que llevará un grupo de artistas diversos, a algunos de los rincones más profundos de la región. Y le ha costado encontrar apoyos para su misión, porque ¿cuál es el impacto de todo esto? ¿Cuántas gentes verán cambiada su cotidianeidad? ¿Cómo medimos el gasto de estos recursos?

Magallanes, en su inmensidad, a pesar de ella, pero paradójicamente gracias a ella, cae también en la concentración de los recursos y la atención. En que nos miramos demasiado el ombligo y fácilmente nos vemos envueltos en ritmos de vida que nos agobian y nos hacen girar en un círculo reducido. ¿Cuánto conocen los niños de la región? ¿De la historia de los pueblos originarios de la zona? ¿Cuánta gente ha estado en Isla Navarino? ¿Cuántos reconocen la importancia estratégica de Magallanes para la relación del mundo con la Antártida?

Pero no hablemos de cuántos, no caigamos en la misma trampa. Si son pocos, que lo sean profundamente. Y por eso yo agradezco que gente como Cristian, gente porfiada de impulso, pretenda llevar regalos tan valiosos a aquellos que tal vez sin pretenderlo, dan día a día tanto por la soberanía verdadera de este lugar. Y apuesto a que estas personas valorarán este regalo mucho más de lo que imaginamos.

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Texto publicado originalmente el domingo 8 de noviembre de 2015 en El Magallanes/La Prensa Austral.

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