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Resulta que un día, la cosa ya no va más. Ya no me gusta el maní con piel. No soy más de Colo-Colo. Me harté de que estos tipos tengan todas sus canciones iguales, unas parecen covers de las otras. El motor necesita un arreglo muy caro, me voy a comprar uno de esos autitos nuevos. Ya no siento lo mismo.

Y la vida, misteriosamente, parece continuar. ¿Qué queda entonces? ¿Acaso no buscamos todos encontrar la permanencia? ¿Qué se pasaba San Ignacio tanto tiempo buscando? ¿O no era San Ignacio ése…?

Lo comido y lo bailado, no lo quita nadie, dicen. Pero tiene que haber alguien para dar cuenta de ello. Y eventualmente, todos los bailarines y comilones –inscríbanme en este último grupo, más que nada- habremos desaparecido a nuestro turno.

Y ahí estamos, dándonos cuenta de ello algunos hoy, otros mañana. Y algunos lo hemos visto, lo hemos olvidado, y lo tenemos que volver a ver. Es nuestra maldición, pero también nuestra esperanza, la finitud de nuestras vidas. Creo que estoy canalizando a algún griego, o tal vez a Brad Pitt disfrazado de Aquiles, cuando recuerdo que si bien a ratos tenemos la pretensión de trascender lo pequeño de nuestras vidas, con alguna obra, algún legado, o la permanencia de nuestro linaje –que se ha vuelto una pretensión tanto más difícil de conseguir hoy en día-, también es cierto que nuestra corta vida implica que tenemos un puñado de ocasiones para actuar. Y a veces menos. Y que eso mismo tiene un tremendo valor…

La búsqueda de la permanencia está en el costado emocional de la conservación, del añoro de seguridad. De sentir que hay algo, algo importante, que estará ahí siempre, incondicional, para nosotros. Es algo infantil, porque es a fin de cuentas la búsqueda incesante de la madre. La satisfacción total de nuestras necesidades…debe estar por ahí en alguna parte.

Y a ratos recuerdo. Recuerdo esto. El parafraseo de las sabias palabras que tal vez le hicieron decir a Pitt, o tal vez me confundo de película: la vida hay una sola. Vivirla requiere arrojo, valor, y humildad. Requiere necesariamente abandonar la pretensión de seguridad e incondicionalidad. Sencillamente, la vida se nos agotará antes de conseguir tal cosa.

La vida está en el costado emocional de la incertidumbre. Está en esa oportunidad que se te pasó y que nunca jamás volverá. O tal vez sí, pero de otra forma. Está en que ya no hacen los motores como antes. No, ya no los hacen. Está en que te equivocaste, pero todo fue por “algo”.

Bueno, la vida no tiene atajos. Y se puede ser viejo y no ser sabio. No queda otra que seguir viviendo, con alegría, para buscar ese algo.

Como diría Aquiles: ¡¡Esto es TROYA!!

(ah, no…era al revés, ¿no?)

——

Texto publicado originalmente el domingo 29 de noviembre de 2015 en El Magallanes/La Prensa Austral

 

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