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De pronto me percato, tras un buen rato perdiendo el tiempo en Facebook, dándole hacia arriba y hacia abajo a mis “noticias”, que entremedio de tanta frase burlona y/o alentadora acompañada de una imagen cursi y/o graciosa -y generalmente incluyendo a la Rana René- lo que más veo son pedidos de paz. Claro, qué ser humano es capaz de no desear la paz, pensaría uno. Pero es un pedido muy concreto: una alerta a la guerra en el mundo, en distintos sitios; una denuncia de cómo participan los medios; unos intrincados artículos que intentan contextualizar y explicar quién es quién en esta película realmente terrorífica donde los indios no llevan plumas, ni los vaqueros fuman lucky strikes.

Me doy cuenta –qué ingenuo decirlo así, ¿no?- que estamos en guerra. Que la guerra forma parte del ahora. Que si bien acá solo tiene lugar como el fantasma de pleitos estúpidos con pueblos vecinos, o crudas y crueles guerras inventadas para justificar la masacre civil, para muchos otros semejantes, la guerra es una dura y directa realidad, hoy.

Y lo sabía, por supuesto que lo sabía, intelectualmente hablando. Pero al rato uno se olvida, y ya se siente como leyendo viejas historias, o una suerte de ciencia ficción. Además, los medios de comunicación ayudan poco, mostrándonos las cosas antojadiza o tan solo irresponsablemente.

Estamos en guerra. Somos un puñado de personas matándose los unos a los otros. Ahí afuera, están siendo destruidas casas, hospitales, escuelas. Ahí afuera, como tantas otras veces, las grandes potencias económicas construyen burdas escenografías, para matar cruelmente, y aun así pintarse como “los buenos”. Ahí afuera, se pelea por la “libertad”. Ahí afuera, el peligro de una bomba suicida, da fuerza a los discursos más atentatorios contra la libertad en el mundo.

Y es lo mismo de siempre, pero las tramas se complejizan e involucran personas con las que sentimos tenemos poco en común. Es lo mismo de siempre, y están metidos pueblos que definen su historia en torno a la guerra. No una, no “ésa” guerra, sino sencillamente la actividad bélica permanente. Las grandes colonias, explotadoras históricas, de lo material y lo espiritual, se ven obligadas a realizar grandes ataques, para defenderse de las consecuencias de sus ataques anteriores.

No hay perdón, no hay olvido. No hay un dar vuelta la página. No hay un los mataron a todos. Y si lo hubiera, ¿sería justo?

Veo un video de un programa de TV donde una miembro del partido “Podemos” de España le recita en su cara, una serie de vínculos entre el gobierno español y la actual guerra a los otros panelistas, opositores políticos respecto a ella. Indignados, prefieren tratarla de maleducada, que reconocer lo expuesto. Resumida en esta impotente escena, cada jornada de sufrir por esto. De intentar llegar a alguna clase de fondo. De intentar siquiera denunciar a la guerra, a la corrupción, a la crueldad inhumana. De intentar hacer un llamado a la paz.

El mundo sabe lo que ocurre. Ha ocurrido hoy, ayer y mil veces.

¿Y quién, acaso, es capaz de no desear la paz? El problema es qué entendemos por ella.

Por eso estamos en guerra.

Texto publicado originalmente el domingo 22 de noviembre de 2015 en El Magallanes/La Prensa Austral

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