Home

Me pasa a menudo que voy en la moto, y en la ocasión de quedarme pegado en algún semáforo, niños de distintas edades me saludan desde los autos. Recuerdo que yo hacía lo mismo. Tal vez fue el crecer con mi viejo, que a través de los vaivenes de la historia familiar y los cambios de residencia, siempre se las arregló para tener un par de ruedas en casa. Recuerdo sumergirme dentro de un par de cascos que tenía –eran gigantes para mí en ese entonces-, un Nolan en particular, rojo, creo.

Me acuerdo todavía cómo olía. No sé si es un buen olor, pero es un olor grato, de esos que traen lindos recuerdos. Una mezcla entre largas jornadas de andar rodeado de humo de escape propio y ajeno, algo de transpiración, y la perfumada textura de las esponjas del casco. Lo recuerdo bien, porque mi casco huele igual, probablemente.

Recuerdo que yo saludaba a los desconocidos que iban sobre una moto, y que daba absolutamente lo mismo el tipo de moto. Una pequeña motoneta, una “chopera”, una deportiva, lo que fuera: si tenía dos ruedas y un motor, el tipo subido en ella era un campeón.

Para muchos es algo superfluo, quizá estúpido. Es peligroso, claro. Pero andar en moto, como me imagino le ocurrirá a quien creció montando caballos, es para mí algo sumamente ligado al alma.

A bordo de la moto uno debe asumir un atento control. No basta con administrar situaciones, como lo hago sentado cómodamente en un auto mientras escucho música y ajusto las ventanas o el aire acondicionado para hacer el viaje más agradable. No, en moto uno es parte del chasis del vehículo, y se ve sumido directamente en el paisaje: el viento pega fuerte, el calor quema la espalda, el frío se cuela entre los guantes. Y como se es parte del chasis, para que la moto funcione bien, el piloto debe contorsionarse concertadamente, para conjugarse con el diseño de la moto: el comportamiento del motor, el funcionamiento de la suspensión, la distribución óptima de peso sobre las ruedas, el cuidadoso manejo del gas para maximizar la aceleración sin colapsar los niveles de tracción, etc.

Andar en moto es tremendamente estresante. Es una dosis intensa de concentración máxima, de absorción en una sola actividad. Y por ello resulta tan efectiva como una forma de meditación activa. Bueno, al menos mientras se está en movimiento…

Asimismo, la máquina es una maravilla. El diseño de una moto no ofrece demasiadas posibilidades: todo debe ser compacto, ocupando el mínimo espacio para evitar peso excesivo y contornos poco aerodinámicos, y permitir –como es tarea del principal lastre: el piloto- que la física básica opere con armonía. Aun así, y por ello, las motos son de las obras de arte modernas más espectaculares que puedo imaginar. Todo está ahí, expuesto, a la vista. Y no hay mucho lugar para simulaciones; la forma sigue a la función: si no sirve, mejor que no vaya.

El motociclista es, por tanto, un sacrificado privilegiado. Un masoquista afortunado. Un estúpido muy inteligente. Sabe que cada vez que se suba a la moto, sin importar el estilo o cilindrada, va a tener un buen rato de concentración máxima, donde la física lo hace directamente responsable de sus acciones, y el esfuerzo siempre valdrá la pena.

Ojalá que esté bueno el día, lector, porque es hora de andar.

——

Texto publicado originalmente el domingo 6 de diciembre de 2015 en El Magallanes/La Prensa Austral

Foto de Andrés Harambour: http://www.aharambour.com/

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s