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El pequeño Gaspar escuchó en el colegio que los regalos no los compra el viejito pascuero, sino que la mamá. ¿La mamá? –le pregunta sorprendido su padre. Sí, ¡la mamá del viejito pascuero!

A mí la navidad me gusta. Panzones de rojo y “regalos con alma”, aparte, a los sudamericanos nos llega en pleno verano, tan cerca de esa sensación subjetiva y objetiva de fin de año, que a pesar del estrés, el apuro, el consumismo desenfrenado, igual me gusta. Me trae lindos recuerdos, de lograr una mesa un poco más numerosa, de armar el árbol, de que mi madre transformara la casa, y de esperarla. Pero sobre todo, del fin de un ciclo.

Mis días y semanas se entrelazan sin discreción, resultando a veces difícil distinguir dónde termina uno y empieza el otro. Y así, ya sin esperarla, aparece esta fecha. Lo noto principalmente en el tono de la publicidad, y justo después de Halloween, por los adornos en supermercados…

Pero la sensación permanece. La casa del vecino ultra-entusiasta, que logra que su fachada se aprecie desde el espacio. Los adultos estresados, lanzando puteadas a sus conciudadanos en medio del taco, mientras envían cálidos saludos para noche buena en sus celulares. La publicidad, que se toma rehenes a los padres, ofreciéndoles la oportunidad de salvación a sus hijos. Las frases cursis. Los villancicos cursis. La gente disfrazada, muerta de calor. Todo me trae lindos recuerdos, y cuando llega el 24 por la noche, la vida me encuentra contento. Agotado. Sorprendido por lo rápido que voló otro año, pero contento.

Y como siempre, mi vivencia de la fiesta está en un punto medio. La historia del viejo pascuero puede ser algo simpático para los niños. También puede ser una tontera. La ilusión en el rostro del Ignacio cuando llegan las 12, no es tan así, porque con su mamá no hemos armado una expectativa grande con la navidad. Pero sí es una linda ocasión para reunirnos y hacer algo un poco distinto. Es que, personalmente, poco me conmueven las fábulas cristianas, cuando a mi alrededor veo a los más cristianos siendo los que menos viven del ejemplo del celebrado en este caso: Jesús. Por lo demás, el valor performativo del rito me parece simpático y lo tomo: juntémonos a celebrar y pensar en los demás.

Con este fin de año, no comienza un verano de hacer poco y pasármela aburrido inventando cómo hacer que el tiempo se suicide con mi tropa de amigos en semejante situación, como lo fue tantos años que puedo recordar. Todo sigue más o menos igual, salvando un par de feriados. Pero el año termina, y aunque no sea más que dar vuelta una hoja, tengo toda mi capacidad supersticiosa puesta en que el que viene sea mejor. O, al menos, que yo sea un poco mejor para otro año idéntico a éste.

Abracémonos y pensemos en qué haría Jesús en nuestro lugar. En este caso: nacer. Eso; que sea un nuevo comienzo, un nuevo nacimiento. Tan simple como eso .Ya hablaremos de convertir el agua en vino, multiplicar los peces y caminar sobre el agua, que todavía no son ni las 12.

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Texto publicado originalmente el domingo 27 de diciembre de 2015 en El Magallanes/La Prensa Austral.

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