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jazz

Recuerdo cuando Julio Cortazar describía la forma de tocar de la banda de Louis Armstrong, como que “ahí está Trummy Young que toca el trombón como si sostuviera en los brazos una mujer desnuda y de miel”. Por eso me gusta el jazz.

Recuerdo cuando Theodor Adorno lo describió como “un amaneramiento de la interpretación”. Más me gusta el jazz.

Esa música loca, como el café, que hay que tomarla con atención, porque o sino quema. Desespera. El llamado entra por las orejas, y los ojos, porque todo parece nublarse cuando suena esa batería asincopada. Las notas salen de color azul, como en los monitos animados de los tiempos en que traían música de orquesta de fondo, y vuelan desde el parlante. O, mejor, desde el instrumento. Es cierto, es un amaneramiento, porque todo se adorna. Todo se cambia. Todo se hace con un extraño y a ratos confuso rodeo, porque un buen jazzista es como un buen motociclista: todo menos el camino directo entre el punto A y el punto B.

El oído, tanto más hábil que la cabeza, aunque tan ligados, es más inteligente y logra entender entre toda esta faramaña, qué es lo que está ocurriendo. No, no entender, simplemente lo siente.

Una mañana a eso de las 12, cuando la gente insiste en corregir un “buenos días” porque ya se supone que es tarde, el jazz me trae suavemente de vuelta, en un día nublado, de vuelta al mundo, luego de una terrible pesadilla. Por eso amo el jazz.

Fue primero Coltrane que me engatusó. El valor de lo denso.

En la música podemos encontrar, los humanos, consejos como en las películas, los libros, los errores propios y ajenos, o en una buena charla con un antepasado. Coltrane me decía, sin quererlo, luego de años muerto demasiado joven, que lo denso tiene cabida. Que hay goce en la complicación “innecesaria”. Que hay perfección en la imperfecta rebúsqueda. Qué lindo aprendizaje para tener, siendo un adolescente horrorosamente denso.

Miles, en cambio, me enseñó a tratar de decir lo justo. Bueno, jamás tan justo. Nadie habla tan elegantemente bien lo justo como la trompeta de Miles Davis. En los ochenta, Miles realizaba un día una interpretación extremadamente minimalista de un tema perteneciente a la fama de Cindy Lauper. Minimalismo al punto de estar disfrazado de pobreza. Y desafinado. Pero era genial. Era justo. Era mejor. No voy a decir más que eso, sobre este tema de mierda.

Eso decía Davis. O, qué se yo, el uso indiscriminado de la sordina…

Recuerdo a Ben Webster tocando “Old Folks” con una lágrima cayendo por el costado de su cara. Había sido informado de la muerte de su colega Johnny Hodges.

En fin, en un día solitario como éste, cómo me gusta el jazz.

—–

Texto publicado el domingo 24 de enero de 2016 en El Magallanes/La Prensa Austral.

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