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Hay tanto para imaginar. Pero siempre me ha gustado imaginarme cosas solo. Digamos, la potencia de la imaginación al servicio de una comunidad puede ser algo tremendamente potente. Pero, por lo mismo, tal vez, siempre me ha gustado imaginar cosas solo.

Algo de pudor espiritual, yo asumo. Por eso la religión organizada y la ciencia me son amigas de lejos. La primera se parece bastante a una enemiga, siendo honesto, pero la segunda a veces olvida también que su duda fundacional es algo que aunque desoriente, jamás hay que dejar.

Creo que es un asunto de humildad. Como la mía la reconozco un poco falsa en los hechos, no me queda otra que ejercitarla en aquello para lo cual resulta más forzoso: los asuntos de la imaginación.

Como hay tanto para imaginar, de pronto corremos el riesgo de olvidarnos de aquello que nos ofrece esa facultad: lo concreto. No le hace falta a lo concreto ser verdadero para ser importante. Llevamos siglos entregándonos a la mente, y al espíritu, y a ratos siento que le hacemos un flaco favor a nuestra experiencia de vida. La sensualidad es muy importante.

Y ejérzala uno como le plazca. También ahí me entrego a las artes individuales. Probablemente una falencia de la época en la que me ha tocado acontecer. Hay un individualismo dando vueltas. Cosa que yo encuentro tan grave como necesaria, en todo caso. Tal vez, de una vez por todas, necesitamos separarnos de los demás y buscar respuestas de a uno. Tal vez eso, por fin, nos lleva a reencontrarnos con otros de forma más honesta. Porque el reencuentro por el reencuentro, no gracias.

Tal vez históricamente necesitamos de cierta desintegración de lazos. De erosión de instituciones sociales. Tal vez por la simple razón de que requerimos evaluar cuán frágiles son los castillos de arena que construimos. Yo no le tengo miedo a nada de eso, desde que aprendí a conversar. Seremos una manga de boludos solos, pero entre boludos nos entendemos.

Y así, en este divagar, nos vamos encontrando tímidamente con las cosas más evidentes y obvias. Y tal como un niño puede disfrutar de una buena pieza de música, porque la música es buena, las cosas evidentes y obvias nos resultan atractivas y apasionantes.

Yo no puedo comulgar con una doctrina que pretende decirme que este mundo no es lo más importante que tengo. No porque no sea verdadero, ni porque este mundo sí lo sea. Si no, porque sencillamente lo siento al escuchar, al caminar, al tocar, al ver, al encontrarme sumido en sus efectos. Ya con eso me basta para considerarlo importante. Y, mientras tanto, aunque viva encarnando un grave error espiritual, es todo lo que tengo.

Algo de pudor espiritual, supongo, pero me gusta imaginar cosas solo. Jamás se ha agotado la duda que me impide decirle a otro cuál es la verdad de la milanesa. Quien ha probado un buen café, sabe a qué me refiero. Y quien ha probado una buena milanesa napolitana, que diga si es de Nápoles o de Milán el plato; si está buena, a mí no me importa.

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Texto publicado originalmente el domingo 21 de febrero de 2016 en El Magallanes/La Prensa Austral.

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