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La “Ley de inclusión”. Me cago en ese nombre, che. Pónganle otro: Ley de “estamos dando vueltas en círculo, pero cambiaremos pequeñas cosas para que parezca una gran transformación”, lo encuentro más aterrizado.

Pero menos mal ya no podrán suspender de clases a un cabro por su apariencia. “Hay otras maneras”, dice la ministra Delpiano. Afortunadamente hay otras maneras, como por ejemplo sencillamente no dejarlo entrar al sistema educativo, salvo en la forma de sucedáneos dosificados en un puñado de cupos. Cupos que se rellenan con todo lo que podría no parecerse -diagnóstico mediante- a una idea esquiva, difusa y sobre todo inútil, de normalidad.

A esta gente no le importan las vidas de los niños. No les importa, y no es algo tan raro, ya que está lleno de adultos a quienes no podría importarles menos la vida de los niños. No solo en su derecho a acceder al colegio, sino más aun, en cuál es la experiencia que se vive en el colegio. En qué consiste realmente la educación. Para qué sirve. ¿Qué les aporta realmente a los niños?

Inclusión es una palabra demasiado fuerte, Ministerio de Educación. Demasiado grande. Demasiado importante para que la estén usando ustedes. Inclusión es que nadie se adapta al colegio, y el colegio no se adapta a todos, sino que éste se adapta a cada uno.

Inclusión es cuando cada niño se siente bien en el colegio, y no tiene que convertirse en algo que no es, para encajar. Inclusión es cuando no ponemos a los niños y jóvenes a competir por quién sobrevive, obligándolos a tomar decisiones para las cuales no están listos, y que podrían dar forma al resto de sus vidas.

Inclusión es cuando la pregunta “¿en qué colegio estudiaste?” se muestra tan ridícula y cursi como realmente es. Es cuando queda sencillamente obsoleta  -como ocurre en cualquier parte del mundo, casi.

Me causó algo de gracia que la ministra Delpiano haya comentado que “hay que valorar las instituciones, porque son parte de nuestro patrimonio” luego de la ácida rutina de Edo Caroe en el festival de Viña.

Estoy totalmente en desacuerdo con el argumento. Las instituciones valen en tanto cumplen adecuadamente sus funciones en la sociedad, y no sencillamente por ser creaciones humanas añosas. Es el viejo truco del gran edificio lujoso: Al rato, sus ocupantes se sienten más importantes que el resto, solo por tener una oficina ahí, y sienten que lo que hacen tiene valor solo porque sale de ese edificio. La educación actual no es digna de mi valoración, precisamente por lo pasada de fecha que está.

No me cansaré de quejarme por el uso antojadizo y tendencioso de la palabra inclusión. Porque no se trata de una buena onda, de una disposición a cambiar. La inclusión se logra en base a hechos concretos, que aseguran la participación plena de todos en la práctica. Inclusión les queda grande, señores. Y hoy, su escuela le está quedando chica a Chile.

Texto publicado originalmente el domingo 28 de febrero de 2016 en El Magallanes/La Prensa Austral.

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