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Hace un par de semanas que parece un par de meses ya, que me robaron la moto. A escasos metros de donde me encontraba, en plena noche, no sé con qué clase de técnicas sigilosas, lograron llevarse una moto que pesa casi 200 kilos, desde un patio con piso de gravilla. En cualquier buena tarde, antes de salir a andar, yo metía buena cantidad de ruido sencillamente tratando de empujarla hacia fuera. ¿Cómo cresta no escuché nada?

Es difícil explicarle a alguien que no está metido en esta terrible enfermedad de las motos, lo que ese vejestorio significa para mí. Llegó hace ya unos tres años. La encontramos en internet, abandonada en alguna granja de la profunda Norteamérica, con muchas menos millas en el odómetro que años encima. Una verdadera máquina del tiempo. Estaba tan nueva, que hasta tenía los autoadhesivos de advertencia que vienen de fábrica, y el kit de herramientas. Pero estaba tan vieja, que las correas de distribución del motor, neumáticos, mangueras y, bueno, todo lo que fuera plástico o goma se encontraba en evidente proceso de descomposición.

Recuerdo la primera vez que anduve un poco más largo en ella. Correas nuevas en el motor, neumáticos frescos, tanque lleno de bencina y partí hasta Fuerte Bulnes. No sé si era el viento que congelaba mi cara, o era la sensación de andar en semejante máquina, pero no podía lograr despegar la sonrisa de mi rostro.

A la vuelta, comencé a sentir olor a quemado cuando me iba deteniendo cerca de la casa. Cuando paré y me bajé de la moto, me di cuenta de que ésta producía una cantidad de humo digna de show aeronáutico. El “tak-tak-tak” del bellísimo bicilíndrico en “L” de 904cc, enfriado por aire y con sistema de válvulas desmodrómico no era tan…normal. Resulta que se había cortado uno de los “espárragos” de motor, entonces el cilindro horizontal no sellaba bien, y lo que se quemaba era un río de aceite caliente cayendo encima del múltiple de escape. Lindo espectáculo…

A la Ducati le ha fallado de todo. Le instalé unos carburadores de carrera, también viejos, por lo que a la primera prueba –luego de cortar plásticos, eliminar mangueras, modificar todo para hacerlos entrar a la moto- cayeron chorros de bencina al suelo. O-rings totalmente petrificados. Cuando la moto andaba bien, en revisión técnica me rechazaban por excesivas emisiones de CO. No tiene velocímetro hace años, y a veces los señalizadores no andan porque el relay se sale de su lugar. Tuve que cambiarle el rodamiento de la rueda trasera, y rellenar con aceite más

Bueno, ustedes me van entendiendo.

Pese a todo el trabajo invertido en la “joyita”, jamás he dejado pasar una oportunidad de ponerla a prueba. Debe ser la moto con la que más caminos serpenteantes he recorrido. Y algunos días antes del robo, de hecho, la llevé a un circuito para que pruebe curvas realmente cerradas. Qué maravilla.

Ya me puse nostálgico. Es que la “rojita” ha sido un aprendizaje, en mecánica sobre todo, pero también en aprovechar el momento y luego dejarlo ir. La vida tiene tantas vueltas, que quedarme odiando a un determinado colectivo de personas por lo que yo creo que fue el modus operandi del robo, y sus propósitos y aspiraciones, no tiene demasiado sentido. Toda crisis, toda pérdida, es una oportunidad para poner a prueba la apertura hacia la vida, de alguna manera. Y aquello en lo que uno trabajó e invirtió, no desaparece de un día para otro, por más que lo hicieran sus manifestaciones más concretas. Parte de ello lo he experimentado a través de las cálidas muestras de apoyo y cariño de personas de quienes lo esperaba, y de quienes no. Muchas gracias por ello, ¡me han sorprendido!

Perdonen la salida de tema, tan solo le debía a este pedazo de fierro, plástico y goma un pequeño homenaje.

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Texto publicado originalmente el domingo 6 de marzo de 2016 en El Magallanes/La Prensa Austral.

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