Home

Me parece notable que vayamos incorporando en nuestro imaginario criminal, aquellos hechos y negligencias que operan aparentemente con mayor elegancia que una camioneta ensartada en la vitrina de una joyería, o un cajero automático arrancado “de cuajo”, o un robo a mano armada. Tales como leyes que se pasan en claro beneficio de intereses particulares –y, por cierto, en desmedro de intereses sociales-, con lucas a cambio.

Me alegra que podamos verlo e indignarnos.

Me alegra que hoy se denuncie abiertamente lo que hizo Pablo Longueira, por ejemplo. Aún en medios de comunicación que callan tanto. Sí, bien. (Aunque valga decir que algunos editores han encontrado magnos desafíos por estos días, intentando tocar la noticia que es ineludible, pero de la forma más tibia posible. Para ellos, no vayan mis respetos, precisamente)

Y “son todos narcos”, esa frase de Bersuit Vergarabat que muchos citan cuando se conocen estos asuntos. Porque en ambas coaliciones ya los ejemplos abundan, llevándonos casi a la saturación informativa en la que ya como que empieza a darnos lo mismo, y son todos “narcos”.

Aquí yacen dos peligros: Por una parte, esa saturación informativa que ya nos marea, que nos hace generalizar, meter a todos en un mismo saco, y olvidarnos de que hay esperanza en la política, o peor, que la política es importante. Nos hace, paradójicamente, bajar la guardia y en la generalización, reducir la complejidad y la gravedad de los hechos delictuales y/o faltos de ética de esta esfera. Esto es de suma relevancia, porque cada uno de estos hechos debe ser llevado a sus consecuencias. Pero por sobre todo, porque hoy asistimos a un proceso sociocultural global en el que peligra el nivel de involucramiento de los ciudadanos en la política. Y la política necesita de ciudadanos atentos y participativos, sino nada de esto tiene sentido, y el país iría más estable con una terrible monarquía (algo que le gustaría a más de alguno).

El segundo peligro es pensar que estamos exentos de todo esto nosotros. Cuando practicamos el amiguismo injusto, cuando somos “pillos” para sacar alguna ventaja en los márgenes de la ética, sencillamente cada vez que fortalecemos ese indigno concepto de “a la chilena”, que obviamente hace referencia a soluciones parche, y arreglos hechos a medias, y no a aquellas construcciones nacionales que sí son dignas de orgullo, y que desde luego que las hay.

Es bueno aceptar y entender que el germen de la corrupción, aunque sea en menor escala, está entre todos nosotros. Pero más aun es comprender que no es necesario, no es inevitable, y que siendo respetuosos podemos –eso creo yo- superarlo. En cada pega bien hecha, en cada intercambio justo, en cada sueldo decente, en cada votación a consciencia.

Los monstruos no están allá afuera. La monstruosidad está en cada uno de nosotros, y solo hace falta no alimentarla más.

 

—-

Texto publicado originalmente el domingo 13 de marzo de 2016 en El Magallanes/La Prensa Austral.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s