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Yo creo que este es un aspecto poco documentado respecto al por qué alguien decide andar en moto. Seamos honestos, no es realmente el hecho de que descongestionen el tráfico, ni nos lleven a donde queramos gastando menos en combustible, sino que en el fondo de esta pasión subyace un hedonismo espectacular que en el ámbito público quisiéramos omitir, o hacer como que no tiene mucha importancia.

No hay nada como andar en moto. Y para el que le gustase surfear olas, no hay nada como surfear.

En una sana filosofía de la alegría, no puede quedar fuera la práctica de una actividad que remueva el cuerpo. Andar en bicicleta, jugar a las bolitas, tocar un instrumento. A través de la práctica, del ejercicio de la pasión –entendiendo “ejercicio” como lo entendería un abogado- acrecentamos naturalmente nuestra habilidad, y llevamos el cuerpo a una dimensión muchas veces específica e innecesaria para la supervivencia, pero no por ello menos placentera.

La vida vale la pena aunque sea solo por esto, dice mi hedonismo. Hasta me gusta manejar el auto por la ciudad, y en el camino que realizo a diario, hacer un mejor tiempo de recorrido, tratar de enganchar una corrida larga de semáforos en verde, tomar la curva de forma más suave y progresiva cada vez…

Ejercitar las habilidades trae placer. Y lo creo sinceramente legítimo y sano, casi necesario para la vida, porque acaso es una forma de conectarnos más con elementos primarios de ésta, a través de los sentidos que nos son propios como humanos. El placer es esencial para la vida.

A mí me pasa andando en moto. Cada salida es una experiencia, más que un viaje. Y cuando estoy arriba de la moto, la concentración se funde con la vivencia, y entro en un estado de meditación activa que solo puede ser quebrado por agentes externos. Salir a las 7 de la mañana desde la costa, para recorrer una cuesta curvilínea sin autos en vista, solo escuchando las cadencias del motor, suaves y progresivas, en sintonía con un atento paseo llevando al máximo mis habilidades, combinadas con mis miedos y mi capacidad de juicio. Mentiría si digo que no ando siempre lo más rápido que considero posible.

Pero podría pasar con la cocina, con la prestidigitación, con la redacción de poemas cebollentos. El poner en ejercicio nuestras habilidades es a mi juicio la máxima honra que podemos hacerle a lo que sea que justifique nuestra existencia. Por ejemplo, la evolución se merece nuestro esfuerzo.

Yo no sé si usted es un gozador o gozadora de los placeres sensuales, pero le animo a que mañana viva sus actividades con este enfoque. ¡Fúmese un cigarro, pero disfrútelo! Y no tenga miedo a decir que le gusta vivir, no simplemente porque hay que hacerlo, porque es la vida que tenemos, o porque esta vida nos prepara para otra que realmente importa. Admita que le gusta vivir porque vivir es rico.

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Texto publicado originalmente el domingo 27 de marzo de 2016 en El Magallanes/La Prensa Austral.

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