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Este señor chiquitito, para quien tengo miles de nombres distintos, pero a quien me referiré como Ignacio para el caso -porque es el que aparece en su carnet de identidad- me ha elegido para ser su padre. Ya van 4 años y medio de aquel episodio, y pese a que fue literalmente de vital importancia para él, me atrevo a decir que para mí también fue un nuevo nacimiento. Me cambió la vida, este chango.

Y yo creo en traer a la mano la paternidad, porque siempre es una gran cosa, y traerla con todo. Especialmente para estas fechas cargadas del clicheismo, ¿no? Ser papá no es solo pararse los dos frente al espejo, mientras yo me afeito y él hace como que se afeita, tapándose la cara con crema. No es solo jugar a lanzarnos una pelota de beisbol toda la tarde. Hay lugar para los clichés, por cierto, pero también es dormir poco, multiplicarse y multiplicar las conexiones neuronales para inventar nuevas formas de multiplicar las lucas. Y estaría bueno trabajar menos…

Ser padre también está en los desaciertos. En contestar un “¿Por qué?” con “¡¡¡porque sí, carajo, qué se yo!!! Pregúntale a tu madre.” Ser padre es también reírse con ese humor negro, del tipo que está a punto de lanzarse de un edificio, y otro le dice “¡piensa todavía en lo que te queda por vivir! ¡Piensa en los niños!” –“Pero si yo no tengo hijos”. Exactamente, le replica el primero, y se van a beber una cerveza juntos, tomándose todo el tiempo del mundo.

Magnífica experiencia ésta de ser padre. Creo que más que ser perfectos, tenemos que apuntar a ser honestos. Sensibles. Responsables. Porque, sin duda, nuestra mejor apuesta y mayor aspiración como padres es a aprender. A abrirnos a la humildad, y lograr entrar en la lógica –aunque sea por esquivos momentos- de nuestros pequeños.

Una canción de Pearl Jam dice “si tan solo supiera ahora, lo que sabía entonces”. Ser padres es la gran oportunidad de recordar lo que alguna vez supimos. Es rememorar una conexión mucho más directa con la fuente. Una mirada maravillada, curiosa y sencilla del mundo. Es practicar un magnífico paganismo, lejos de las filosofías platónicas y la insoportable levedad de nuestras categorías del bien y del mal, y del ser y el deber ser. Es la oportunidad de convivir con estos misteriosos sujetos que son los niños. A aquella suerte hemos sido expuestos, compadres.

En sus pequeñas manitos, en sus ojitos achinados, veo más dignidad de la que recuerdo haber tenido yo jamás. Una honestidad y transparencia inquebrantables. Una voluntad de acero. Un goce espectacular con una buena comida. Un beso y un abrazo difícil de obtener, pero totalmente sincero cuando ocurre.

Si los viejos somos lo suficientemente perceptivos, podemos disfrutar de la removedora experiencia de dejarnos enseñar por nuestros hijos. Yo he tenido la suerte de contar con un maestro singularmente paciente. Y si no lo interrumpo demasiado, pronto van llegando las lecciones.  Te amo, Ignacio.


Texto publicado originalmente el viernes 17 de junio de 2016 en revista FEM Patagonia.

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