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Sin duda es relevante, y de importancia nacional, la partida de un ex presidente. El primero tras la dictadura, para más.

Ante su partida, el recuerdo de su persona, de sus actos y su legado, han concentrado incontables líneas en periódicos, redes sociales y conversaciones. Me temo que tendré que sumar yo algunas más a la discusión, aunque posicionándome en un matiz que me parece importante:

La partida de Patricio Aylwin nos convoca a pensar en la historia. A pensar en lo que aconteció tras la “transición hacia la democracia”. Menos desde la crítica personal y del “que tal si…”, y más desde la reflexión acerca de qué es lo que se ha construido y qué es lo que debemos construir, en mi opinión.

Es que tras la llegada de la alegría que no ha llegado realmente, en efecto se han pronunciado aquellas facetas que tuvieron su génesis en dictadura. Un exacerbado individualismo, consumismo y privatización poco fiscalizada. Un carácter extremadamente centrado en la competitividad, en lugar de la colaboración, con una subdesarrollada capacidad de debate y discusión social, una decreciente participación política y un profundo “arrégleselas usted mismo”.

No se trata ya de socialismo vs neoliberalismo, aunque en este último pueden encontrarse sin duda muchas de las pistas para analizar lo que nos mueve día a día como chilenos. Se trata de la pérdida del ambicioso horizonte político. De lo político, lo político en sentido estricto; de la capacidad de sentirnos interpelados por la realidad social, como para opinar, llegar a acuerdos, disentir, votar, marchar, y organizarnos. Se trata de que el joven –y no tan joven- promedio no está ni ahí. No por falta de representatividad solamente –entendible-, sino porque cree que las cosas jamás podrían cambiar.

Surgen en estos momentos las dicotomías innecesarias: o nos quedamos quietos, o le faltamos el respeto a quien ha partido; o nos damos una palmadita en la espalda, o contribuimos al desprestigio de las instituciones; o tomamos las condiciones actuales de posibilidad como una realidad inalterable, o somos unos acérrimos radicales; y un largo etcétera.

Al contrario, soy de los que creen que a 26 años del comienzo de la transición, ya estamos lo suficientemente grandecitos como para pensar en qué queremos para ser una sociedad más justa  y feliz, sin que se nos tilde de irrespetuosos con el proceso histórico, de facilistas, de que pensamos que fue muy sencillo “acabar con el tirano”. No, señor. Sencillamente la mitología concertacionista ya no es capaz de explicar nuestra actualidad. Porque ha pasado suficiente agua bajo el puente, y porque la Concertación ha sido mucho de aquello: un mito. Yo ya no soporto escuchar decir de sus personajes viejos ni de los nuevos, que se trata de “izquierda”, ni en el sentido más prostituido de la palabra. Tristemente, los ya conocidos casos recientes, respaldan este pesar.

Como si ser sobrevivientes nos dejara instalados en aquel episodio de por vida, y ahora solo quedara rememorar. Hoy, como cualquier día, pero digámoslo una vez más hoy, nos hace falta la crítica necesaria.


 

Texto publicado originalmente el domingo 24 de abril de 2016 en El Magallanes/La Prensa Austral.

Cuadro: Nora Nieto del Canto

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