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El lenguaje es importante, qué duda cabe. Sin embargo, a algunos los atraviesan las dudas. Los mismos que aún no conciben la legitimidad del reclamo permanente que hacen mujeres –y que hombres hacemos junto a ellas- por terminar con la violenta cultura machista en la que vivimos, y en la a diario mujeres mueren, o son lastimadas por sus parejas.

La violencia de género se puede concebir como un iceberg, tal vez han visto la imagen en redes sociales: el femicidio, las golpizas, hechos tan horrendos como lo sucedido en Aysén recientemente –y como el cual Magallanes lamentablemente también ha visto hace no mucho- se encuentran en la punta, en donde todos sin excepción podemos percatarnos del horror.

El problema es quedarse con eso solamente. Que tal vez ese tipo estaba loco, era un desquiciado extremista. Sin duda que lo era. Pero la cosa no termina ahí: bajo la superficie de los mares, ahí donde ya no es tan evidente, están todas las otras formas de violencia: los tratos desiguales, el acoso callejero y laboral, la rigidización de roles domésticos, la condescendencia, etc. Permeando cada metro vertical de este enorme iceberg está el lenguaje que utilizamos, y con el cual nos referimos en conversaciones, pensamientos y notas de prensa, a estos terribles sucesos. “Perdió los ojos”, “crimen pasional”, “la mató por amor/celos”, y un largo etcétera.

En la sutileza está el problema, porque la violencia se produce no sencillamente en los hechos, sino también en su connotación. Un “piropo” puede ser acoso, como puede ser parte de la conversación íntima de una pareja bajo un ambiente de mutuo consentimiento. Ahí está el malentendido de mujeres y hombres que piensan que la gracia está en que todos nos tratemos igual: ¡se sexualiza a la mujer, bueno, sexualicemos también a los hombres!

Sería ridículo pretender que ahí reside la paz, pero muchos parecen pretenderlo.

El problema es uno de cosificaciones: esa arraigada creencia de que las mujeres son objetos que pueden ser de la propiedad de alguien. ¿Quién no ha sentido celos? ¿O el desgarro de verse alejado del interés de quien uno pretende amar? En la búsqueda del amor, ese esquivo concepto tan abierto a preguntas, a veces los hechos duelen, pero nada, absolutamente nada, puede estar por encima del entendimiento de que el otro no me pertenece.

Temo por esta sociedad donde siguen pasando estas cosas. Donde seguimos tratando a las mujeres como objetos, así como se hacía hace siglos, en tiempos que hoy nos parecen absurdos por tantas razones. ¿Por qué todavía no nos parece absurdo esto? Las faltas de respeto, la incapacidad de respetar los límites ajenos, la incapacidad de comprender que mi libertad termina donde empieza la del otro.

 
Texto publicado originalmente del domingo 22 de mayo de 2016 en El Magallanes/La Prensa Austral.
 
Cuadro: Nora Nieto del Canto.
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