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La imagen de un hombre sentado en una sala de clases, sosteniendo en brazos a su pequeño hijo. El niño duerme sobre su hombro mientras él asiste a clases. Lluvia de elogios. Merecidos o no, qué se yo, más me llaman la atención las frases de tipo “este padre muestra que nada es imposible”, “un verdadero luchador”, “cuando hay voluntad de superación, no hay excusas”.

A mí esto me tiene agotado. Cuánto daño le ha hecho la filosofía platónica a la civilización occidental; el alma y su incesante intento por llegar a la virtud, más allá de todo. El más allá, el más allá de todo. Estamos programados para tender hacia el sufrimiento, con orgullo.

Basta. Las cosas no tienen por qué ser tan difíciles. Estamos permanentemente exigiendo milagros; desenlaces profundamente improbables para las historias más adversas. Solo eso nos satisface.

A mí me da vergüenza pensar en la desprotección social de nuestro país. En que el consuelo de la “gente de esfuerzo” sea ser gente de “esfuerzo”. En que existan tantos trabajadores de tiempo completo que vivan en condiciones de pobreza, tanto relativa como absoluta. ¿A quién alimenta realmente todo ese esfuerzo?

Estoy harto de esta cultura del sacrificio, del esfuerzo-centrismo, de lograr lo imposible. Del discurso melodramático que acompaña los comerciales donde “la Roja” se muestra venciendo, a pesar de todo, solo para lograr este masivo efecto de identificación entre el espectador, que día a día teme por su presente y su futuro, y este grupo de 11 millonarios que corren tras el esférico. A pesar de todo, GANAMOS la Copa América. Todos ganamos, porque somos chilenos, somos esforzados, vencemos a las probabilidades.

Tal vez es menos romántico, pero yo preferiría que ese bebé estuviera durmiendo en un lugar seguro, con buena temperatura para esta época. Que tenga contacto con sus padres, que tienen horarios laborales humanos, una alimentación razonable y suficiente tranquilidad económica como para conversar de cualquier otra cosa. Que su padre estudie, y que ello no sea simplemente una sobrevalorada promesa vacía tras un cartón…de cartón.

Sin duda nos falta harto para algo como eso. Pero creo que parte del problema es abandonar esta creencia tan arraigada, tan difundida religiosamente, de que todo es cuestión de voluntad. O, bueno, tal vez es precisamente aquello lo que está faltando: voluntad política para cambiar el estado actual de cosas. Por mí, que no sea más un sacrificio vivir en este flaco y largo país.


Texto publicado originalmente el domingo 5 de junio de 2016 en El Magallanes/La Prensa Austral.

Cuadro: Nora Nieto del Canto

 

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