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Ocurrió por fin que mi mejor amigo me prestó un libro. Yo no llevo la cuenta, pero no hace falta para tener certeza de que el marcador va inclinado más que ligeramente para el otro lado. Se revindicó rotundamente este flaco, no obstante, porque me prestó un libro del gran Richard Sennett; o Ricardo Sennett, como se llamaría su calle en una ciudad chilena, si el merecer existiera siempre en directa proporción del tener.

Como esos consejos vitales que nos llegan en medio de un breve paréntesis, ya en la introducción a su libro “Juntos”, me deslizó un recordatorio de cuán fundamental es la importancia de la empatía. Y de por qué es bueno ejercitarla, por sobre la “simpatía”. Que no son la misma custiola, no señor.

La frase tan inglesa, y tan insuficientemente traducible al español “I feel for you”, que vendría siendo algo como “acompañándote a sentir” pero más parecido a “siento lo que tú sientes”, es el estandarte de la simpatía. El sentimiento de simpatía justamente tiene que ver con la identificación con el otro.

A menudo, lo confundimos un poco con la empatía, por esto de “ponerse en el lugar del otro”, o porque sentimos que identificarnos con el otro, poniéndonos en sus zapatos, todo andará mejor. Pero yo he sostenido antes que no es necesariamente así, cuando hablamos, por ejemplo, del respeto a los derechos de las personas en situación de discapacidad: el Otro no merece un pleno goce de sus derechos porque yo pueda sentir que siento lo que siente, ni porque me sea simpático en absoluto. No: merece dicho goce por mera virtud de ser. Que si a mí me agrada o me logro identificar con su sentir es cosa mía, y no es en absoluto necesaria.

“Yo no estoy de acuerdo con la homosexualidad, pero…” No “pero”. Guárdese su “pero” y deje a otros hacer lo que a usted le repugna, mientras eso no vaya en detrimento de su propia libertad. No tiene por qué parecerle ni estar de acuerdo para respetar.

En la empatía genuina, tendemos un puente hacia el otro sin abandonar nuestras diferencias. Diríamos entonces que es fundamental para vivir en democracia, y especialmente en los diversos escenarios sociales en los que indefectiblemente nos movemos quienes habitamos hoy la Tierra.

En Chile, dada nuestra particular carencia de habilidades para el debate, la discusión constructiva y el respeto por el Otro que no nos gusta, esto nos cuesta mucho. Entonces, saltamos a menudo desde el extremo de no considerar la legitimidad del otro, a ensalzarlo. En ello, muchas veces lo que ocurre es que perdemos claridad respecto a cuál es nuestro sentir personal. Esto, que es tan sano, que es mantener la opinión propia y sin perjuicio de ello poder dialogar con otro, se resume por ejemplo con otra gran frase en inglés: “agree to disagree”.

Encontrémonos manteniendo nuestro espacio.  Dialoguemos. Empaticemos.


Texto publicado originalmente el domingo 19 de junio de 2016 en El Magallanes/La Prensa Austral.

Cuadro: Nora Nieto del Canto

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