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auprivave

Por dónde empezar. Siempre es ésa la cuestión. Bueno, ya tenía yo la flauta lista, y figuraba apoyado contra uno de los pilares que rodean el escenario donde se desarrollaba la sesión libre de jazz. Léase Bebop; los saxos se venden más que las trompetas, y los saxos altos más que los tenores. Entonces, más vale que te guste Charlie Parker, cabrito.

Terminan de tocar un blues que no puedo nombrar, y felicito al saxofonista, quien me responde con ojos desorbitados y una frase del tenor de “estoy re locoooooo”. Tal parece que me vio con intenciones de tocar el siguiente tema, así que comenzamos una extraña conversación en torno a qué tocar.

-¿Conoces ese blues que dice, cómo se llama, ése que dice “pa raaa pa bu bip a ba rapa rapa paaa”. –No, compadre.

-…birí pará pa baaaap bara.

–No, huevón. Lo conozco, pero no me acuerdo cómo se llama. ¿Toquemos yardbird suite? ¿O alguna de Thelonius?

-¿”Au privave”?

–No me sé la cabeza, pero dale, te acompaño.

Este pequeño tipo, todavía jadeando por el frenético solo del tema anterior, dio rápidos pasos hacia el escenario, y sin avisarle a nadie, empezó con la melodía de Au Privave, en un ritmo mucho más frenético que su solo del tema anterior. El guitarrista alcanzó a escuchar de casualidad, y le gritó al bajista el tema. Por suerte, parecían conocerlo. Y empezamos.

Después de lo que parecieron diez minutos de ametrallar el saxo alto como si se tratara de romper un punching bag a patadas perfectamente puestas y con gran forma –hay que decirlo-, me tocó seguirlo. Comencé a tocar lo más lento que un bebop rápido deja tocar, disfrutándolo sobremanera. Pero yo no tenía planeado dedicarme a mí mismo tanto tiempo, y cuando capté que el saxo se había desaparecido del escenario, con el guitarrista nos miramos con algo de terror. Uno ya se pone a tocar bien por fuera de la harmonía básica, buscando ideas, pero a tantos beats por minuto, resulta que las ideas se te tienen que ocurrir rápido. Seguía él con el solo, y más vale que fuera largo, porque perdimos al único que parecía saberse la cabeza del tema, y alguien tenía que cerrar.

Así es que al momento de salirme del escenario para hacerme el boludo y abandonar a ese pobre guitarrista a su suerte, me percato de que mi celular suena, ya con varias llamadas perdidas a cuestas. Mensajes de preocupación de varios amigos. ¿Qué pasa? Hasta que otra llamada me logra ubicar: “Soy el teniente *** de la *** comisaría de ***; tenemos su auto.”

Mientras yo me las daba de flautista, una patrulla de carabineros fue advertida por un taxista de que estaban robándose un auto a la vuelta de la esquina. El mío, más específicaente. Así, hallaron en flagrante acto a un cabro de 17 años a punto de hacer andar el bólido gris con un elegante destornillador. El mismo que supongo habrá usado para sacarle un vidrio y darse limpio acceso al “móvil” -como le apodaban repetidamente los amables y efectivos “efectivos”.

Algunas horas después, logramos salir con mi par de amigos de la comisaría, increíblemente manejando el mismo auto que nos llevó hasta la zona. Bueno, solo que ahora se puede hacer andar con el mango de un cepillo de dientes. No es tan elegante, pero me permite ser algo más relajado con andar pendiente de dónde dejé las llaves…

El teniente buscaba mi consuelo en el hecho de que pase lo que pase con el detenido, al menos alcanzó a ensartarle “un buen combo en el hocico” en el proceso de detención. Entiendo la intención, pero para mí no es consuelo. En medio de una sensación potente de despersonalización, que es esperable luego de una carga intensa de adrenalina, y de una historia tan extremadamente afortunada como ésta, sigo pensando que es increíble mi suerte.

Claro, yo les estoy contando ahora esto, y todavía tengo auto. Llegué a mi casa, a dormir calientito. Tengo trabajo. Y aunque me quejo harto, en el fondo me siento parte de la sociedad. Para mí el futuro es misterioso e incierto, pero a fin de cuentas, lo percibo como un lugar agradable. De anoche, me acuerdo con más detalle de “Au Privave” que de la potencial pérdida. No. No todos hemos tenido la misma suerte a los 17 años.

 

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