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Soy amigo del absurdo. Me encanta la exageración. El sarcasmo me resulta sano. La imaginación no puede parar. Reírse de uno mismo me parece esencial. Básico y elemental, tienen que ver con lo importante y lo complejo. El humor es algo básico, elemental, importante y complejo. Sin humor no hay vida ni aprendizaje. Porque el aprendizaje es absurdo, implica una transformación de los hechos conocidos, una nueva respuesta, un salto de nivel lógico, un viaje de la conversación.

Mis esperanzas se renuevan cuando escucho a dos hombres cerca del triple de mi edad discutir sobre temas humanos fundamentales. Ambos, inquietos, traían a mano autores y comentarios de distinto tipo; sin prejuicios por la fuente, lo importante era la curación de mensajes, con el fin de edificarse a través de la conversación. Verán, la risa toma distintas formas. Sin mucho “ja ja”, estos dos estaban ejercitando un buen sentido del humor. Poniendo en jaque lo establecido y obvio. Argumentando hasta el absurdo, de ser necesario. Riéndose de quiénes han sido por tantos años.

Mis esperanzas se renuevan, porque desde mi punto de vista, de no hacer algo al respecto, desde nuestra infancia en adelante, vamos perdiendo la compleja sencillez, la imaginativa humildad, y la esencial apertura hacia la vida; a sorprendernos por ella, a maravillarnos por sus matices. Si hacemos algo al respecto, podemos en cambio, combinar la frescura de la niñez, con el conocimiento y la experiencia de los años.

Es importante que aprendamos a cuidar la niñez, con movimientos tan sencillos como frenar nuestra tentación de educar, y abrir la llave más amplia a nuestra intuición de no hinchar tanto las bolas. Pero ojo con el presente: de grandes, nunca es tarde para abandonar las conversaciones banales. No es tarde nunca, para dejar de tomarse tan en serio. Creo que no hay nada más serio que esto, que rechazar de una vez por todas la burocratización de la existencia.

Yo ya estoy harto de las charlas vacías, de las pomposas arrogancias. Y de las arrogancias poco pomposas, también, carajo. De la incapacidad de reírse de uno mismo, de cuestionar lo sabido, de ver a las personas detrás de las estructuras de roles y de intercambios socialmente establecidos.

En realidad, si nos queremos tomar verdaderamente en serio, deberíamos cultivar más la capacidad de reír. No reír para burlar o para olvidar. Reír para entender, para cuestionar y para cambiar.

Como atinadamente le dijeron a un querido amigo, amigo también de la risa y de lo absurdo: “me caes bien, porque te tomas todo a pecho”.


Texto publicado originalmente el domingo 24 de julio de 2016 en El Magallanes/La Prensa Austral.

Cuadro: Nora Nieto del Canto

 

 

 

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