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Salvador no aprende. No ha aprendido nada, dicen preocupados en el jardín.

Pero me lo encuentro un viernes dieciochero por la tarde, en la casa de sus abuelos, y el flaco está cortando por la mitad uno de los pañales del Ignacio que consiguió como donante luego de insistir con la capacidad de persuasión de un político profesional. Salvador está interesado en extraer el gel del pañal.

Yo estoy algo ocupado, empinando un vasito con la mezcla perfecta de chicha de campo y pipeño, pero Salvador sabe que lo estoy escuchando con una de las dos orejas, así que me relata con lujo de detalles el plan. Mira tío Nico, con una tijera haces un corte en el pañal, y así llegas a la parte donde está el gel. El gel hace que el pañal absorba el pipí del Ignacio. Mira, tío Nico, aquí está el gel. Tío Nico, te regalo este gel, mira.

Yo nunca había visto el gel de uno de estos pañales. Tal como él ya sabía y me lo venía anticipando hace un rato, son unas bolitas pequeñas que se hinchan al contacto con el líquido azul de los comerciales, absorbiéndolo para darnos algo de tiempo a los papás que no revisamos el pañal de nuestros hijos cada 15 minutos para ver si hay algo…

Parece que me quedé mucho rato mirando perplejo estas pequeñas bolitas de gel, y Salvador quería avanzar más rápido, así que lo veo alejarse con los materiales hacia una mesa, con un bol y algunos utensilios que no distingo bien. Cuestión que al rato vuelve con el producto terminado: usando un globo y el gel de un par de pañales, ha hecho una “pelota anti-estrés” casera.

Tío Nico, fíjate, cuando dejas caer la pelota al suelo, el gel actúa como un sólido. Pero mira qué blando es cuando lo aprietas en tu mano.

Yo no sé cómo le llega siquiera la idea de una pelota anti-estrés a un niño de 6 años, pero Salvador le ha agarrado mucho el gusto a mirar por ahí tutoriales sobre las cosas más diversas, conseguir los materiales en la casa de sus abuelos, y lograr a la perfección los resultados. Su curiosidad no tiene límites, y su capacidad de recordar instrucciones y explicárselas a un tío como yo, me asombra.

Naturalmente, él no tiene tiempo de hacer las tareas que le mandan para la casa en el jardín. No tiene interés en repetir conocimientos que poco tienen que ver con su vivencia concreta. Como cualquier niño, lo que él quiere es hacer; la práctica es su esencia. El mundo se conoce a través de sus manos. La música se escucha a través de su canto y su baile. Los colores –con nombres sofisticados que ya no recuerdo- se experimentan en lanas, pinturas y telas ¡que ha aprendido a teñir en algún tutorial!

La sala de clases resulta un lugar tan estéril. La casa de su tata y de su ela, en cambio, está abierta al experimento, y la inspiración solo conoce los límites naturales de “Salvador, ¡¡no puedes usar todos los huevos en eso!!”.

Pero no aprende. No ha aprendido nada, ¿ah?


Texto publicado el domingo  25 de septiembre de 2016 en El Magallanes/La Prensa Austral.

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Un pensamiento en “Las impredecibles aventuras del sobrino Salvador

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