Home

He conocido recientemente a algunos amantes del desierto. Gente algo inusual, dispuesta a escapar lejos para experimentar la soledad que brinda el alejarse no solo de los tumultos, sino que también del agua y la vegetación.

Chile es un país de infinitas y variadas bellezas. En gran parte de su territorio central, se vive bajo la compañía de la majestuosa Cordillera de los Andes, que antojadizamente determina el horario de salida del sol para quienes viven a sus largos pies. Más al sur, los volcanes, bosques y lagos sobrecogen a los viajeros, mostrándose al observador en su plena y verde exuberancia.

El canto de las aves, el murmullo de las aguas, los árboles milenarios que copan los cielos. Es sentirse rodeado de vida.

Sin embargo, allí donde la vitalidad del ambiente es menos evidente, la vida tiene otras formas de mostrarse. “Me puedo pasar horas perdido, simplemente mirando el desierto” me dice uno de estos viajeros, “la amplitud aparentemente infinita del desierto me hace sentir diminuto, como si observara las estrellas”.

Con el incesante crecimiento de las ciudades, y la concentración de la población en la zona central, uno se va percatando de la creciente escases de horizontes –literalmente hablando. El simple hecho de poder mirar allá lejos, donde se pierden la luz y la vista, es un privilegio que tienen en común quienes caminan por el desierto más árido del mundo, en el norte de Chile, y quienes ponen pie en Magallanes.

La descripción del desierto, que me es tan ajeno siendo oriundo de Punta Arenas, me resulta sin embargo tremendamente familiar. Es que la amplitud enamora a algunas almas. El Estrecho de Magallanes como un calmo escenario; la inconmensurable pampa; el viento eterno. Elementos que configuran para mí, una soledad particular.

En “la inmensidad de la rebelde geografía”, como se describe a este ancestral territorio en un pasaje de El Canto a Magallanes, el alma parece expandirse, y el silencio no es tristeza, sino inspiración y energía que renueva. El viento helado limpia los sentidos, y nos devuelve a las cosas más esenciales en torno al fuego.

Magallanes, tan cerca de Antártica, es la antesala para el verdadero desierto blanco. Su espíritu está sin duda aquí, donde los kilómetros son largos, y los colores son pálidos. Donde la belleza tiene otra forma, más sutil pero al mismo tiempo más cruda. Donde los hombres pueden todavía mirar el horizonte.


Texto publicado originalmente el domingo 9 de octubre en El Magallanes/La Prensa Austral

Foto: Andrés Harambour

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s