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No se llama “femicidio” por el solo hecho de que se asesine a una mujer. La muerte de una mujer no es intrínsecamente más grave que la de un hombre, a los ojos de -supongo que casi- nadie.

Se llama femicidio por la dinámica de poder que subyace al hecho. Destacamos el género de la víctima, porque las condiciones de posibilidad de su género, en sociedad, determinan fuertemente sus probabilidades de ganar menos, ser acosada en la calle, poder practicar o no “x” actividad, ser juzgada distinta a los hombres, ser atacada en la vía pública, ser violada, y ser asesinada.

Este no es un alegato de mujeres contra hombres. Es un alegato que debemos asumir todos, tal vez especialmente los hombres, reconociendo de qué modo operan las asimetrías de derechos efectivos. Cómo opera la transmisión social de roles diferenciados, esencialismos, conceptos y prejuicios que manejan nuestras vidas.

Pero es un alegato que incorpora ya la rabia, la indignación, de mujeres y también de hombres. Incorpora el máximo “BASTA”. Se llena inevitablemente de la violencia horrorosa del contexto, de su razón de ser, para gritarlo fuerte y no sencillamente en las formas “civilizadas” que incomodarían menos.

Y yo estoy también con eso.

Es un grito desesperado, pero que no se agota. No se agotará hasta que se transforme todo, desde las formas más sutiles que adopta el machismo en nuestra sociedad, hasta la existencia de hechos de extrema violencia como los que ocurren día a día -pero que han sido destacados esta semana por medios de comunicación.

No es un mujeres vs. hombres. El poder no opera de ese modo. No es la dominación de un grupo por sobre otro, sin más. No es la batalla entre el bien y el mal. Nunca lo es: el machismo se reproduce en la casa y en la escuela, por hombres y por mujeres, a través de las formas culturales, la lengua, las estructuras formales y las informales. Su operación está presente, por tanto, de forma diversa, compleja y ramificada en nuestras vidas, y no como un enemigo simple, obvio, ahí afuera, al que se pueda destruir con un solo acto.

Por lo mismo, la principal batalla es en los fragmentos. En la multiplicidad. En la situación cotidiana de nuestra pequeña especificidad, día tras día. En cada interacción, en cada vínculo que sostenemos.

#NiUnaMenos

 

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