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Es difícil referirse a la situación que se vive estos últimos días en una enorme porción de tierra del país a causa de los incendios forestales. No lo haré de forma directa. Lamento profundamente lo que ocurre.

Me limitaré meramente a los reflejos comunicacionales que tiene esta situación en medios de comunicación masivos e internet. Sonará superfluo, pero el panorama es desolador y me resulta sintomático de nuestra sociedad.

Hay tanto que no sabemos. Apenas recibimos trozos de información, previamente seleccionada y trabajada por alguien, de trozos de acontecimientos que tienen lugar en forma y tiempo que está fuera de nuestra inmediatez. La fiabilidad de la información, con internet, no tiene una proporcionalidad necesariamente inversa con su cantidad, pero sin duda que contar con más informantes no nos asegura mayor acceso a genuina intersubjetividad solo porque sí. Hoy, hay millones de voces a las cuales tenemos acceso, pero si observamos las tramas gruesas de las comunicaciones que dan vueltas, “compartidas” en redes sociales, sin perjuicio de que no nos da el tiempo para rastrear su origen, veremos muchísimo de farsa, deformación, mala intención y/o estupidez. Y sobre todo, de que estamos todos repitiendo lo mismo.

Estamos inmersos en el sinsentido. Internet tiene un potencial maravilloso, pero no nos liberará jamás de la falta de comprensión lectora y pensamiento crítico. Eso exige mucho esfuerzo.

En tanto, hacemos eco fácil de noticias falsas, frases sacadas de contexto, comentarios malinformados, y de comunicaciones lisa y llanamente malintencionadas. Cuando nos encontramos ante una emergencia como ésta que, a diferencia de un terremoto, tiene el potencial de haber sido originada intencionalmente –bueno, no faltarán los teóricos conspiracionistas que incluyan a los terremotos en tal categoría también- las posibilidades de desinformación tienden al infinito.

Usted y yo, sencillamente no tenemos cómo saber ni probar, ni deberíamos siquiera atrevernos a repetir a la ligera, que todo esto fue ocasionado por tal o cual grupo de personas. Es tan simple como eso.

Usted y yo, salvo algún excepcional lector casualmente experto en la materia, no tenemos idea de cuál ha sido realmente la actividad del gobierno ante la emergencia, ni si el famoso supertanker tiene la efectividad suficiente como para hacerlo útil ante esta situación.

Entonces, esperemos. Escuchemos. Nada de malo tiene demorarse en opinar o no hacerlo jamás, pero desinformar sí hace mucho daño. Repetir a la ligera que esto es obra de los mapuches, comunistas, de la ETA (¡la ETA!), o mi favorito: el avance en la legislación del aborto en tres causales… es de insensatos.

La situación es complicada, porque el ser humano quiere saber, es curioso y se interesa, sea por preocupación, necesidad o mero morbo. Y lo único que sabemos es lo que aparece ante nosotros, entre lo cual debemos filtrar entre la mierda. Por eso, situaciones dramáticas como éstas son tierra fértil para oportunismos políticos de lo más patéticos (Piñera cabalgando un Supertanker, carajo), campañas destempladas de desprestigio y ocultamiento de temáticas relevantes.

Solo le pido lector una cosa sencilla: pare, mire, escuche, piense, filtre. Bueno, son varias cosas, pero usted me entiende. Y siempre podremos equivocarnos, pero por favor, detengamos aunque sea el infierno que sí está a mano de todo el que tiene un celular por estos días: el de la estúpida desinformación.


Texto publicado originalmente el domingo 29 de enero de 2017 en El Magallanes/La Prensa Austral.

 

 

 

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