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Me conformo. Me  siento en una silla y miro por la ventana. Y extraño. Añoro. Pero pongo la mente en otra cosa y sigo adelante. Está tan golpeada esa palabra, conformidad, ¿y acaso no nos conformamos todos?

No vivo siempre donde quisiera. Pero estoy cerca de quien más quiero. Sí, tengo alguien a quien más quiero y eso no es negociable. Lo demás vendrá de la forma en que calce. Tengo confianza en la vida y sé esperar. Supongo que eso es un signo inequívoco de la conformidad.

Me conformo. Adopto una forma que me permite sobrevivir y a ratos encontrar espacios para la verdadera vida. La verdadera vida es a veces llanto, pero tantas otras veces risa. Y la verdadera vida tiene mucho de exprimir lo que realmente sucede y de valorar lo que realmente ha sucedido. A mí me gusta despertar temprano y no quedarme todo el día soñando con lo que podría ser.

Y me conformo. El espacio no me es indiferente, y he puesto ciertos límites a mi destino, porque algunas películas me proponen levantarme del asiento y otras, maravillosas no obstante, las dejo para otros aventureros. Bajo ciertos parámetros opero, y en otros me encuentro incómodo, me son todavía ajenos. Me gusta cambiar, pero tal vez no tanto como tú quisieras.

Entonces me conformo. Porque debo confesar que soy bastante feliz. Tal vez no de la forma que quisieras, o de la forma en que son felices otros. Pero en el miedo al conformismo, algunos jamás se permiten estar satisfechos, “contar las bendiciones”, o poner un límite a la ambición personal.

Porque quiero recordar con amor, me han dicho que me conformo. Porque no luché más. Y tal vez es cierto, tal vez tenga miedo de luchar demasiado, de transformarme demasiado. La edad y las circunstancias familiares me han reducido el campo de posibilidades, y en ese campo es donde debo encontrar satisfacción. Porque luché alguna vez, mucho, y transformé todo, completamente.

Por eso me conformo. Porque he vivido bajo los tiempos de otro, y no le deseo eso a nadie. Prefiero sufrir la pérdida que atar bajo mis parámetros casi inamovibles. Me conformo, porque quiero amar y si puedo evitarlo, desearía no odiar nunca más.

Me conformo con habernos cruzado aunque sea un instante en el momento más equivocado y de forma fugaz. Porque sé de verdad que fue totalmente correcto. Que en un “eterno retorno” Nietzscheano lo volvería a vivir millones de veces. Y volvería a sonreír. Volvería a llorar. Volvería a atesorar lo que realmente es, y no odiarlo por lo que no pudo ser.

Por eso, supongo que si hay que ponerlo en esos términos, yo me conformo.


Texto publicado originalmente el domingo 20 de febrero de 2017 en El Magallanes/La Prensa Austral.

Cuadro: Nora Nieto del Canto

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