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Con un chirrido terrible se abre la puerta, luego de soltar numerosos candados y cadenas. En un espacio donde no parece caber una, hay dos motos, el motor de una tercera, más de veinte javas de bebidas, cientos de litros de aceite viejo, herramientas y un mesón, cubierto totalmente de repuestos, herramientas y diversos pedazos de motos. Al punto que no parece haber un mesón. Un pedacito -muy pequeño- del paraíso.

Lo primero que salen son dos sillas. Una de ellas un formidable sillón de masajes automáticos con forma de silla, o más bien una cama doblada en noventa grados, para que parezca silla. La otra, plástica, tiene un cojín. O lo que es realmente la funda de un cojín, con todo el acolchado que puede tener la sola funda de un cojín. Pero jamás nos peleamos la silla grande. La mecánica de las dos ruedas me ha dado satisfacciones toda la vida y hace poco más de un año un buen compañero y amigo, con quien me puedo quejar de que estos ingleses de mierda le hayan puesto esos tornillos ordinarios a las cajas de aire, tipo roscalata, pero con cabeza hexagonal de 7mm, los muy conchas de su madre. Es que no se puede creer; siete milímetros, la puta que los parió.

Alguien sugiere enrolar un tabaco. No lo vaya a pillar a uno el primer cliente “ambulatorio” sin haber quemado primero un tabaquito de chocolate, reclinado en la silla grande, o doblado para atrás forzando el material de la silla plástica.

Llega un flaco. Preocupado por su moto. Es más fácil reconocer al dueño de una Triumph por la preocupación en la cara, que por su moto. Vemos harta Triumph por acá, pero la humanidad que lleva uno dentro ya va queriendo aflojar al asunto. Ojalá vinieran solo para mantenimiento, de vez en cuando, al menos. Está bien que da pega, pero pónganse las pilas, ingleses. Se les están achicharrando los alternadores hasta a las motos nuevas, for crying out loud.

Una vez que se va el cliente, comenzamos a meter mano. Y convengamos que hay una cierta poesía en la tarea mecánica. En el perno, incluso. Es increíble el perno, y todos estos sueños están construidos de pernos, al fin y al cabo. Lo que no puede o no debe fabricarse en una pieza, se sostiene con estos curiosos objetos que se introducen mediante un espiral, en otro objeto más grande. Y una vez ubicado el perno bien al fondo de su recorrido, un gironcito más con la llave de torque regulada según un número cuyas razones para mi frágil cerebro he decidido que deban permanecer siendo todavía un total misterio, todo se sostiene en su lugar, aun yendo a más de 200 kilómetros por hora sobre el asfalto, vibrando con el enloquecedor festival de microexplosiones que ocurren cientas de veces por segundo en el interior de esta maravillosa pieza arquitectónica.

Comprenderán que en un acto de poética crueldad, vemos, es que el destino ha querido que yo me dedique a esto, pese a mi total desconfianza en la fidelidad del material fabricado por el humano. Es que el motor no lo inventó el humano. Meramente lo vio aparecer en atroces pesadillas transmitidas en la noche por el mismísimo diablo, y tuvo que hacerlo realidad para que su alma pueda escapar de la rueda infinita de la reencarnación.

Por eso es importante chequear holgura de válvulas a tiempo, compadre. Porque ahí dentro todo se mueve tan rápido. Tan fuerte. Las cosas estallan. Los metales se apoyan unos sobre otros. Hay trocitos de goma redondos que deben evitar que todo explote en mil pedazos. Hay cables de acero trenzado que le comunicarán tu voluntad al vehículo. Hay donas de caucho, infladas a decenas de libras por pulgada al cuadrado, que te sostendrán camino a encontrar, en una simple trayectoria de asfalto construida tan solo para cruzar del otro lado del cerro, algunas de las experiencias más adictivas de la vida adulta.

Alguien sugiere enrolar un tabaco. Qué mejor que terminar adolorido y sucio, y quemar un tabaquito de chocolate, reclinado en la silla grande, o doblado para atrás forzando el material de la silla plástica.

 

 

 

 

 

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Un pensamiento en “El aroma del árbol de leva en Otoño

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