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Una cosa es ser austero, moderado y, tal vez hasta amarrete. Que lo juzgue quien quiera, desde la silla más alta que encuentre.

Pero el “cagao” por último lo es en función de sus propios deseos y necesidades. Y, en cualquier caso, su manito de guagua lo cruzará, en determinados espacios, con el quiebre de expectativas de sus familiares y conocidos, y tal vez el alejamiento de algunas personas. Además, eventualmente su moto no andará bien. Los amarretes no pueden ser lo suficientemente cuidadosos. ¡Algo hay que dar!

Otra cosa muy distinta es ser rata. El rata no necesariamente gasta poco; tal vez le es fácil entregar dinero si se trata su estricta auto complacencia. Su infracción, en cambio, es la total falta de respeto por el valor del trabajo de otro ser humano.

Y nótese que digo “valor” y no precio, costo, valorización, tasación ni tarifa. Porque el valor puede operar bajo el signo del precio, en escenarios de alta abstracción. Pero en lo concreto, es un asunto del espíritu. Un asunto de la intención. De la ética. Del amor, si se quiere.

Yo aprendí de mecánica por amor. Por gusto. Por goce. Por disciplina, también. Por dedicación a una artesanía. Por su estética. Por los olores, gustos, y por el tacto.

Pero también por ahorro.

La idea de que alguien no quiera gastar en pagarle a un mecánico me resulta del todo familiar. Incluso, diría yo, atractiva. ¡La sigo por algo! Y por ello, intento por todos los medios de no recurrir a un mecánico, llegando al punto de pretender acaso convertirme en uno, y guardar las consultas profesionales para casos de extrema ignorancia. Pero cuando ese caso llega, encuentro la forma de pagar.

Reducir costos es un imperativo permanente en esta economía donde escasez se hace presente. Pero yo vivo la mecánica. Porque vivo el trabajo. Gozo y sufro con el trabajo. He esperado horas en vano. Me he acostado agotado, y he pasado de largo, sin acostarme. Y he vivido la satisfacción inmensa de un logro de la pega. Por ello, lo valoro. Y porque veo que otros lo viven, lo valoro.

Porque veo que el trabajo de otro lleva siempre su marca, así como un olor transporta partículas, como un motor siempre se queda con algo de aceite viejo; yo lo valoro.

Entonces, pretender que otros regalen su trabajo, cuando se está inscrito en una lógica comercial de maximización de beneficios, me resulta totalmente inaceptable.

Porque valoro tu trabajo, y mi trabajo, tolero muy difícilmente a los ratas.

 

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