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Aunque sea de política, de un perro comiéndose una torta de cumpleaños, o de la inmortalidad del cangrejo, no me queda otra que escribir desde lo que siento. Y puedo equivocarme. Lo he hecho muy a menudo.

En el camino del querer, hay más perdedores que ganadores. Y a veces el triunfo de una parte resulta en el dolor de la otra. La reconciliación parece un horizonte demasiado lejano, y pretenderla algo apresurado, y ambicioso. Me cuesta mucho vivir con eso.

Hablar del sentir suena muchas veces a lamento, a queja, a victimización. Pero solo soy víctima de mi propia limitación con las palabras, porque verse las heridas para poder cuidarlas me ha parecido siempre signo de salud, y no de debilidad. No soy una víctima, solo escribo mal.

Y en ese andar a muchos he dañado. Con palabras escritas, y otras pronunciadas. Tal vez las escritas, por dar tiempo para mayor reflexión y porque dan la oportunidad para releerlas, son las que más duelen finalmente. El texto tiene esa tan horrible y bella cualidad, de quedar ahí plasmado, de permanecer aunque sus motivos se hayan disuelto en el tiempo.

A menudo pienso, ¿por qué la gente se quita la vida? Se requiere una cuota importante de decisión y/o de mala suerte, para ver realizada una empresa tan forzosamente contra intuitiva. Pero al menos sé que muchos lo harán para dejar un mensaje. Una última palabra. Un sello que sea imborrable. Un texto que, si ofende, ya por lo menos no tenga autor ubicable. Y me identifico con esa idea, aún desde la porfía de vivir.

Si la reconciliación es imposible, que no sea necesario dejar un último mensaje. Ya habrá tiempo para otros, ante otros escuchas, ante otros lectores, y la vida puede continuar. Como polos aparte, todo lo vivido como parte de una película vieja, de un olor particular que trae como una cascada la memoria, como un deseo de mencionar algo que solo esa persona hubiera apreciado de aquella forma tan especial.

Pero ya no, ya quemados los puentes, podemos hacer lo que queramos con los recuerdos. Quererlos. Tenerles lástima. Lavarse obsesivamente el cuerpo por ellos. Desear revivirlos. O romperlos en mil pedacitos y enterrarlos en el fondo de una pira de fuego.

Si pudiera haberlo hecho de otra forma, lo hubiera hecho. Y hoy vivo en paz con eso.

*Aprovéchese la cualidad de este papel, para proteger el suelo del aceite de motor. Para enrollar estos textos y encender una parrilla. Para hacerlo un bate y perseguir a las moscas. Para cubrirse el cuerpo durmiendo en una plaza. Para hacer como que lee. Para quitarle el hipo a un bebé. Para limpiarse la raja.

(*Escrito para el diario!)

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